Postales del subdesarrollo

Todos estos días, después meditar y de preparar café, escribo sobre lo mismo: mi indecisión, que por estas fechas se acrecienta con los tormentos. Me digo, entre sueños, que este ha sido un mes de mierda. E incluso, durante la meditación, en uno de los pensamientos que se cuelan, me veo hablando con mamá, maldiciendo el colegio de al lado. Son varios los tormentos aquí. Y concluí que, desde que empecé ese curso de manejo, la energía me ha bajado notablemente. Luego vino el domingo funesto en que mamá no regresó a casa a dormir. Por estos días se dañó el teléfono, y el sábado, con el pintor aquí, me disponía a dormir la siesta en el cuarto de mamá, porque el pintor había pasado ya a la sala que está antes de mi habitación, y cuando yo dormitaba, llegaron los de la empresa de teléfonos, que han respondido más eficaces que nunca al llamado que hice el sábado mismo. Aunque te preguntan en qué horario quieres que vayan, y así digas que en la mañana, y así te digan que tardarán 24 horas, ellos aparecen cualquier día, a cualquier hora. Si fuese urgente, si fuese el internet que tanto uso el que necesitara que arreglasen, ahí sí se demorarían. Continue reading “Postales del subdesarrollo”

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Fastidio de fin de agosto

Aquí es de noche, pero la temperatura debe estar a unos treinta grados. El ventilador, en su máxima potencia. Me apunta. Tomo una infusión de tilo y de toronjil, así duermo más fácil. Aunque a veces ni eso. A veces ni las gotitas de valeriana y de pasiflora. Ya lo había dicho. Sí. A veces, la cabeza me juega unas noches de aquellas en las que a punta de pensamientos el miedo se cuela y, como un pulpo, se va desplegando desde la boca de mi estómago, adentro de mí, extiende sus tentáculos, hasta mi cuello, y abajo hasta mis pies. Entonces recuerdo. A veces recuerdo, por ejemplo, sus brazos blancos, fuertes, su torso firme. No es a él a quien extraño, sino una compañía, un romance. Y cómo no erotizarme también (y no violentarme) cuando se me viene, en horas de insomnio, esa imagen del afro en medio del acto, hundiéndose entero, la imagen que uso en las noches, a veces, para vaciar esta necesidad.

*

¡Ah! Una revelación: escribir es  mucho más que escribir. Hablo de ficción. Escribir ficción. Ya lo han dicho otros, pero este es mi proceso, mi proceso de descubrimiento. Escribir es, luego y también, corregir. E incluso, durante el proceso de la escritura, hay que pensar, darle vueltas a esto y aquello, porque la trama no está definida desde el inicio, o al menos casi nunca en mi caso. Entonces encuentro, quiero confesar, un regodeo en el tipeo, o incluso cuando he tenido que escribir a mano, en el acto de depositar tinta en el papel. Regodeo Continue reading “Fastidio de fin de agosto”

Esa obsena necesidad

instaima

Obscena. ¿No les parece obscena tanta exhibición? ¿No les parece puerco, de mal gusto, regodearse de esa manera en las redes sociales, como si nunca antes hubieran sido felices? Yo encuentro de una miseria inconmensurable dejar ver que la felicidad aumenta cuando uno muestra lo feliz que está, así, tan a menudo, de a tres, cuatro fotos por día en esa red social llamada Instagram. Tal vez sea envidia, no voy a ocultar ahora mis dudas. Pero, por otro lado, me parece de un narcisismo enfermizo exhibir cada paso que uno da, sobre todo cada placer: ¿tan feliz, tan pleno, tan extasiado vas a estar todo el tiempo? Y si lo estás, algo en tu necesidad de mostrarlo, me hace sospechar.

¡Ah, vaina!

Viernes. He escrito estas mismas ideas una y otra vez. Hoy las escribo con el propósito (ya no oculto) de que luego, cuando me siente a medir cuántas palabras he escrito durante el día, meta en la suma estos pensamientos fáciles que me incendian a toda hora, y entonces el número total no me deje tan insatisfecho.

En Macondo se va el agua, se va la luz, se daña el teléfono, el Internet. Y en el colegio de al lado celebran las fechas especiales a punta de estruendo: sala, merengue, champeta. Ignorancia. Le digo Macondo al pueblo este donde paso la vida. Gabo supo ver belleza en el subdesarrollo. Intento Continue reading “¡Ah, vaina!”

Ya uno no sabe qué creer

A veces siento que se me agotan las palabras. O las ideas. Me cuesta escribir ficción. Bogotá tiene esa pereza, esa modorra absoluta en su clima nublado, gris, lluvioso, en su soledad. Siguen algunas molestias en los ojos. Y, aunque he hecho ejercicio, me dan culpa los dos días seguidos de comidas abundantes. Agradezco, sí. Hoy es domingo de pascua. El otro día hablaba por Skype con Raira, una amiga con la que estudié durante varios años en Buenos Aires. Me alarmó con su manera de ver la realidad. O con lo que se ve en la calle allá. Le consulté si lo que dicen los medios es así. Podría escribir sobre política, nacional e internacional, sobre la política de Argentina. No hace falta si no leer muchos diarios, muchos medios. Y eso lo hago siempre. Pero no. No quiero, me digo. Sigo con la ficción. Raira hizo hincapié en los despidos. Yo, en el tarifazo: ya hay un amigo que me dice que no llega a fin de mes. Me asombra cómo precarizan al trabajador, cómo tienen el apoyo de una derecha ignorante, y cómo pueden haber dicho que la mayoría se vería beneficiada. Algo les está saliendo mal, si ese era el objetivo, ya alguien les dijo. Otro amigo, en cambio, Sastel, defiende que repriman a los docentes que reclaman que el aumento de su sueldo esté por encima de la inflación, es decir, reclaman no caer en la pobreza. ¿Ignora Sastel que protestando se han conseguido beneficios de los que él goza y sin los cuales él sería incluso más miserable de lo que es ahora, en comparación con una persona que hace su Continue reading “Ya uno no sabe qué creer”