O una caricia también (Semana)

Sólo unos minutos para escribir. No debo desaprovechar el tiempo. Mido el uso que le doy. No me permito procrastinar. Es la hora. Debo ducharme, vestirme. Preocupaciones y acciones del burgués que soy. Al final no sé nada. Debo declararlo. Que no sé nada. Discuto tan álgidamente. ¿Y después, para qué?

*

Otra vez, los problemas con el Internet. Debo, entonces, enviarle un mensaje a mi casera durante el día.

La convivencia: ellos pisan fuerte, tiran las puertas, hablan a volúmenes que parecieran no tener en cuenta que hay otra persona acá. Anoche, intentando tomar una siesta cuando llegué de trabajar, se me acumulaban los odios por ella y por su novio que engullen comida y se regodean en la mediocridad simple de su condición de clase media argentina. Pirado, el novio, habla fuerte, grita, canta. Y ya no lo tolero. Debo tolerarlo, lo sé.

Debo enviarle un mensaje, tal vez un mensaje de voz, pero debemos solucionar el asunto.

Y que todo lo que escriba sea estas nimiedades, siento que no tienen valor, y sin embargo me enojan tanto. La desconsideración de su parte, que no tengan en cuenta al otro.

Y después tal vez me arrepienta de escribir estas cosas, de odiarla, d Continue reading “O una caricia también (Semana)”

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Final de mayo, principios de junio

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El caniche rasga la puerta de la cocina durante las noches, cuando Melania, mi casera, lo encierra ahí a pedido mío, así puedo dormir. Anoche ha rasgado con vehemencia, y me ha despertado, me ha angustiado por momentos. Pero si se queda afuera, al menor ruido, y cada tanto tiempo, lanza un ladrido, y me despierta, en la mitad de la madrugada. Antes no rasgaba tanto la pared. Al parecer, en lugar de acostumbrarse, el perro hace mayores esfuerzos por salir. Ya no sé qué será peor. Creo que sus ladridos son peor, desde luego. Tengo la esperanza de que se acostumbre. Es un faldero insoportable. Aunque lo quiero, sí, me he encariñado.

Más de lo mismo. El cansancio del lunes en la mañana, como si no hubiesen pasado tres días sin ir a trabajar. Me arreglo, los mocasines, los mocasines de siempre, la lluvia que amenaza con mojarlos, y si eso sucede, ¿entonces qué usaré mañana? Y así. Paranoias cotidianas. Y el reloj que me apura. O yo que me apuro solo, porque sé que ya voy un poco tarde. Y el subte, repleto. Y así la vida, la vida de lunes a viernes en la ciudad. Salgo.

*

¿Sobre qué voy a escribir, sino sobre todo esto que tanto me agobia? ¿Cómo avocarlo a la ficción? Me consuelo diciendo que la obra de teatro marcha. A su ritmo, pero marcha. He escrito una obra, y actuaré en ella. Aunque todo duela, por lo menos me reconforto en el arte, en la posibilidad de hacerlo.

Y si algo marca mi vida, como lo escribía el otro día, no es sólo el perro, si no la convivencia en sí con esta mujer y, claro, con su perro.

¿Está mal esperar siempre una recompensa, estar esperanzado en que haya un triunfo, una alegría al final?

*

La tibieza, la falta de energía, de alegría, de carisma. Eso, la falta de carisma, la inseguridad disfrazada o convertida en descortesía. Eso observo en algunas gentes. O tal vez sean mis paranoias, mis mil y Continue reading “Final de mayo, principios de junio”

Algunos quieren abusar de ti (algunos quieren que abusen de ellos)

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Despierto y la mente empieza a funcionar enseguida. Ha empezado el frío. Reniego todavía por haber tenido que pagar la deuda con la empresa de medicina.

¿Por qué tan alterado, tan enojado?

Pronto llegará Melania. Y no es ella ni su novio roquero y gritón los que me preocupan. Si no el caniche que me hace pensar seriamente en mudarme. Pero buscar, el trámite, y acostumbrarme a otro ser humano…

El dólar que sube sin parar… Es esto lo que me tiene de mal humor: que no puedo empezar a ahorrar desde ya. Recién en julio o agosto podré hacerlo, podré empezar a guardar algunos centavos. No hay apuro. Intento consolarme diciéndome que no hay apuro, que no importa, que todo va a estar bien.

Quiero comprar ropa, zapatos, y no tener que soportar a esta mujer, que llegará mañana.

Y la gente en la oficina, los días ahí, la cotidianidad que se me hace pesada. El regodeo de los demás en su felicidad. La gorda, en la oficina. Creo que la envidio. Aunque sé que no debo, no debo envidiar a nadie.

Y la ropa para el gimnasio, para ir a correr. Continue reading “Algunos quieren abusar de ti (algunos quieren que abusen de ellos)”

Flemas y sueños de gloria II

Siento que la relación con mi jefa mejora, que ella mejora su actitud hacia mí, ¿tiene esto que ver con mi desempeño, con que ha descubierto que he sido una buena elección? ¿O, como han pasado ya dos meses, entonces ella considera que está bien aceptarme, aceptarme un poco más? ¿O es mi percepción errada, y no se comporta diferente, soy yo quien me adapto a su forma de ser? Imagino tantas cosas: imagino que han hablado, ella y la jefa del área, me han evaluado y han dicho: es bueno, el chico nuevo es bueno.

Al final, con el paso de los días, vuelvo a verlas como chicas inmaduras. A ella, a la jefa del área y a la otra pobre infeliz que trabaja cerca de nosotros. Tal vez en un tiempo me arrepienta de escribir esto. Pero sus miserias me hieren. Tal vez hacen que vea las mías más de cerca. Tal vez exagere y esté depositando mi frustración en esa mierda que veo de ellas.

Los demonios. Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno. Veo tanta podredumbre, tanta miseria en el ser humano. Continue reading “Flemas y sueños de gloria II”

Flemas y sueños de gloria I

Buenos Aires, cuán poblada estás de inmigrantes de mi tierra. Antes era algo novedoso ser de mis pagos, era yo un ser exótico. Ahora hay caribeños, y gente de la Inmunda (o sea, de Bogotá) por todos lados. ¿Dinamarca, Suecia? ¿A dónde irme? ¿Australia? ¿A alguna de las mecas de la actuación? ¿Londres, Los Ángeles, Nueva York? Mi prima, en Sidney, dice que ve colombianos en las calles también. No tantos como acá, supongo. El punto es que esto no es un país desarrollado. ¿A qué hemos venido, a hacer la América? ¿A dónde irse? ¿Y cómo? Sobre todo eso, cómo.

 

Ansiedad. Una ansiedad por no estar solo, por hacer cosas, por encontrarme con hombres, tener sexo, por escapar no sé bien de qué, por liberar endorfinas tal vez, ansiedad por encontrarme con cuerpos fornidos en una cama, abrazarme a ellos, fundir mi nariz en su pecho. ¿Qué ha pasado con la tranquilidad de la que tanto me ufané? “Perdiste el año”, me dice mamá por teléfono. Porque ve que ahora salgo, que retomé la vida de la noche. Pero voy a parar. Sí. Ya se lo dije.

Y si veo a un hombre que me gusta, como ese día en el cumpleaños de un amigo, uno de los invitados, un rubio, bello rubio, gracioso, buena gente, pero heterosexual, tan heterosexual, y yo me frustro, porque deseo más, deseo hacerlo mío y que me quiera, como si rogara su cariño, el cariño de su cuerpo, de su pecho. Y después, el vacío. Porque si no es amor lo que recibo, si es sólo sexo, entonces después quedo vacío. Y antes, antes y ahora, el desespero. Y quisiera drogarme si no, fumar marihuana, para escapar, sí, no quiero estar sobrio, no me aguanto la sobriedad, el paso del tiempo, no encuentro tranquilidad. Desasosiego, es eso, en la boca del estómago, necesidad de compañía.

 

Odios. Con el malestar, con la tos, se acrecientan los odios. Y los amigos, las amistades que por suerte existen. Los proyectos, el deseo de surgir.

Y esta sensación de que el dinero no me alcanza, todavía no empiezo a ahorrar. Y cómo, con esa deuda enorme, que de repente tuve que asumir, y Continue reading “Flemas y sueños de gloria I”

Sobreexcitado

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Domingo. Resaca. Lo de siempre. O lo común, lo conocido, más bien. A veces se pasa mejor. A veces, la noche es menos bizarra, menos tropezada.

Lo de siempre: la ansiedad porque el uno o el otro respondan los mensajes rápido, los hombres que se toman su tiempo, y yo que me despierto con ganas, excitado por el alcohol que todavía he de tener en el cuerpo.

Odié la fiesta de anoche. Ya de antemano me sentí mal por salir otra vez a una disco gay.

Y quedo sobreexcitado. Malhumorado por la cantidad de heterosexuales. Y le hablé a uno y al otro. Y todos, que no, que “yo soy paqui”. ¡Paqui! Así le dicen a los heterosexuales acá. Y me siento frustrado, Continue reading “Sobreexcitado”

Más II (entre el perro, la oficina y la obsesión promiscua)

Escribir ficción, escribir ficción, no escribir más estas líneas: estas líneas le roban tiempo a lo que yo realmente quiero, la ficción.

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Estoy eufórico, emocionado.

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Debo pagarle a Dickinson. Y a Dante. Aunque a Dante no lo he visto. Así que está bien. Pero a Dickinson lo vi ya un par de veces, y me he hecho el pelotudo.

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Que yo era inseguro, y que no tenía por qué serlo. Eso me dijo el cubano que conocí el sábado pasado. Y me gustó que lo haya dicho. “Soy de muchas partes de Cuba”, dijo.

Y que es la vida misma, me digo yo ahora a manera de consuelo, porque después de la euforia, un poco de culpa llega. Ayer, después de dormir ocho horas seguidas, porque mi casera, Melania, y su novio, Pirado, se han ido todo el día quién sabe a dónde y se han llevado con ellos a Ringo, el caniche ladrador; ayer, después de dormir, me fui a caminar, un poco volado por la hierba que el Universo me regaló, salí contento, di vueltas por las calles de Buenos Aires, y después, me comí una hamburguesa suculenta. Es la vida, y estoy viviendo, vuelvo a decirme. Me lo digo para no permitirme angustiarme con las cuestiones de la cotidianidad, la deuda con la empresa de medicina, el dinero, el tobillo, y hablar con Melania para que definitivamente lo ponga a Ringo a dormir todas las noches en la cocina. Pero por sobre todo eso, me digo que es la vida, que es parte del camino, parte del disfrutar, porque llega siempre la culpa, porque siento que fue un exceso, irme con el cubano a la casa de su amigo, y acceder a que me penetrara, aunque fuese unos segundos, porque no me sentía cómodo, Continue reading “Más II (entre el perro, la oficina y la obsesión promiscua)”