Flemas y sueños de gloria II

Siento que la relación con mi jefa mejora, que ella mejora su actitud hacia mí, ¿tiene esto que ver con mi desempeño, con que ha descubierto que he sido una buena elección? ¿O, como han pasado ya dos meses, entonces ella considera que está bien aceptarme, aceptarme un poco más? ¿O es mi percepción errada, y no se comporta diferente, soy yo quien me adapto a su forma de ser? Imagino tantas cosas: imagino que han hablado, ella y la jefa del área, me han evaluado y han dicho: es bueno, el chico nuevo es bueno.

Al final, con el paso de los días, vuelvo a verlas como chicas inmaduras. A ella, a la jefa del área y a la otra pobre infeliz que trabaja cerca de nosotros. Tal vez en un tiempo me arrepienta de escribir esto. Pero sus miserias me hieren. Tal vez hacen que vea las mías más de cerca. Tal vez exagere y esté depositando mi frustración en esa mierda que veo de ellas.

Los demonios. Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno. Veo tanta podredumbre, tanta miseria en el ser humano. Continue reading “Flemas y sueños de gloria II”

Advertisements

Flemas y sueños de gloria I

Buenos Aires, cuán poblada estás de inmigrantes de mi tierra. Antes era algo novedoso ser de mis pagos, era yo un ser exótico. Ahora hay caribeños, y gente de la Inmunda (o sea, de Bogotá) por todos lados. ¿Dinamarca, Suecia? ¿A dónde irme? ¿Australia? ¿A alguna de las mecas de la actuación? ¿Londres, Los Ángeles, Nueva York? Mi prima, en Sidney, dice que ve colombianos en las calles también. No tantos como acá, supongo. El punto es que esto no es un país desarrollado. ¿A qué hemos venido, a hacer la América? ¿A dónde irse? ¿Y cómo? Sobre todo eso, cómo.

 

Ansiedad. Una ansiedad por no estar solo, por hacer cosas, por encontrarme con hombres, tener sexo, por escapar no sé bien de qué, por liberar endorfinas tal vez, ansiedad por encontrarme con cuerpos fornidos en una cama, abrazarme a ellos, fundir mi nariz en su pecho. ¿Qué ha pasado con la tranquilidad de la que tanto me ufané? “Perdiste el año”, me dice mamá por teléfono. Porque ve que ahora salgo, que retomé la vida de la noche. Pero voy a parar. Sí. Ya se lo dije.

Y si veo a un hombre que me gusta, como ese día en el cumpleaños de un amigo, uno de los invitados, un rubio, bello rubio, gracioso, buena gente, pero heterosexual, tan heterosexual, y yo me frustro, porque deseo más, deseo hacerlo mío y que me quiera, como si rogara su cariño, el cariño de su cuerpo, de su pecho. Y después, el vacío. Porque si no es amor lo que recibo, si es sólo sexo, entonces después quedo vacío. Y antes, antes y ahora, el desespero. Y quisiera drogarme si no, fumar marihuana, para escapar, sí, no quiero estar sobrio, no me aguanto la sobriedad, el paso del tiempo, no encuentro tranquilidad. Desasosiego, es eso, en la boca del estómago, necesidad de compañía.

 

Odios. Con el malestar, con la tos, se acrecientan los odios. Y los amigos, las amistades que por suerte existen. Los proyectos, el deseo de surgir.

Y esta sensación de que el dinero no me alcanza, todavía no empiezo a ahorrar. Y cómo, con esa deuda enorme, que de repente tuve que asumir, y Continue reading “Flemas y sueños de gloria I”

Sobreexcitado

Homosexuality-in-Ancient-Greece-MuseumAthens

Domingo. Resaca. Lo de siempre. O lo común, lo conocido, más bien. A veces se pasa mejor. A veces, la noche es menos bizarra, menos tropezada.

Lo de siempre: la ansiedad porque el uno o el otro respondan los mensajes rápido, los hombres que se toman su tiempo, y yo que me despierto con ganas, excitado por el alcohol que todavía he de tener en el cuerpo.

Odié la fiesta de anoche. Ya de antemano me sentí mal por salir otra vez a una disco gay.

Y quedo sobreexcitado. Malhumorado por la cantidad de heterosexuales. Y le hablé a uno y al otro. Y todos, que no, que “yo soy paqui”. ¡Paqui! Así le dicen a los heterosexuales acá. Y me siento frustrado, Continue reading “Sobreexcitado”

Más II (entre el perro, la oficina y la obsesión promiscua)

Escribir ficción, escribir ficción, no escribir más estas líneas: estas líneas le roban tiempo a lo que yo realmente quiero, la ficción.

*

Estoy eufórico, emocionado.

*

Debo pagarle a Dickinson. Y a Dante. Aunque a Dante no lo he visto. Así que está bien. Pero a Dickinson lo vi ya un par de veces, y me he hecho el pelotudo.

*

Que yo era inseguro, y que no tenía por qué serlo. Eso me dijo el cubano que conocí el sábado pasado. Y me gustó que lo haya dicho. “Soy de muchas partes de Cuba”, dijo.

Y que es la vida misma, me digo yo ahora a manera de consuelo, porque después de la euforia, un poco de culpa llega. Ayer, después de dormir ocho horas seguidas, porque mi casera, Melania, y su novio, Pirado, se han ido todo el día quién sabe a dónde y se han llevado con ellos a Ringo, el caniche ladrador; ayer, después de dormir, me fui a caminar, un poco volado por la hierba que el Universo me regaló, salí contento, di vueltas por las calles de Buenos Aires, y después, me comí una hamburguesa suculenta. Es la vida, y estoy viviendo, vuelvo a decirme. Me lo digo para no permitirme angustiarme con las cuestiones de la cotidianidad, la deuda con la empresa de medicina, el dinero, el tobillo, y hablar con Melania para que definitivamente lo ponga a Ringo a dormir todas las noches en la cocina. Pero por sobre todo eso, me digo que es la vida, que es parte del camino, parte del disfrutar, porque llega siempre la culpa, porque siento que fue un exceso, irme con el cubano a la casa de su amigo, y acceder a que me penetrara, aunque fuese unos segundos, porque no me sentía cómodo, Continue reading “Más II (entre el perro, la oficina y la obsesión promiscua)”

Alguien que me idolatre, tal vez

¿Tengo varias caras, actúo, en el mal sentido del término? Lo hago, en todo caso, inconscientemente. Con Melania, por ejemplo, mi casera. Creo que no intuye ella mi neurosis, mis furias escondidas por una razón o por la otra. ¿Intuye que tengo un carácter tan jodido?

La convivencia marcha bien, excepto por los ladridos constantes del caniche Ringo, que es un guardián nato (aunque su fisionomía diste años luz de la capacidad de proteger a su ama ante alguna amenaza). El puto perro ladra al mínimo ruido. Se ha ganado mi desprecio. Antes, a veces, algún cariño me generaba, pero ahora, ahora que no se calla… ni ganas de acariciarlo. Ella le dice, lo regaña a su manera: “Ringo”, “Ringo, basta”, “Ringo, por favor”. Pero el perro no entiende nada.

6933f04438f730966cc2cf00c7121295

*

Un mosco me molestó durante el sueño. Y esta vejiga loca, el esfínter incontrolable, me llevan al baño hasta dos, tres veces Continue reading “Alguien que me idolatre, tal vez”

Esa realidad (el artista y la oficina) (o ¡Ma qué derecho de piso, gorda conchuda!)

Agradezco, sí. Pero me opongo, también. Puedo percibirlo. Eso pensaba durante la meditación, lo de oponerse. “Gente mierda” es el término que se me viene a la mente mientras dormito (porque no he podido dormir bien). Pero después me siento culpable (culpable por todo), porque estoy juzgando, desconozco su entorno, y si no me saludan bien, si no me reciben bien, si no son abiertos o si no tienen esta amabilidad sincera de la que tanto alardeo, entones los juzgo. Pero ser mierda es más que eso, pienso después. Sigo juzgando.

La directora de un área de la organización donde trabajo, que no me saluda tan bien, que no me tiene en cuenta, y ayer, se iba a dar vuelta cuando yo llegaba al lobby del hotel ese donde ocurre un gran evento de mi trabajo, y se arrepintió, y luego, rápidamente, volvió a darse vuelta, y dijo “hola”: por un segundo contempló la idea de no responder, de ignorarme. Esa gente que ignora. ¿Por qué lo harán? ¿Inseguridad, necesidad de poder, ego? O la chica a la que le he respondido con animosidad, porque suele no hablar bien, y a mí se me colma la paciencia rápido, y después ha quedado la relación incómoda, porque soy de amores y odios, Continue reading “Esa realidad (el artista y la oficina) (o ¡Ma qué derecho de piso, gorda conchuda!)”

Tristeza de anochecer de domingo de otoño (o A punto, otra vez)

Le he dicho al mendocino de vernos (he podido conseguir su teléfono de nuevo, le he escrito y seguimos en conversaciones), le dije de ir a un albergue transitorio (a un motel), y de pasar ahí un rato. Pero ahora dudo. Dudo porque he recordado el objetivo de mantenerme austero, y le he dicho que pagaría yo el albergue. Me parece gastar mucho en tan poco tiempo. A lo mejor prefiero estar tranquilo, en casa.

Pero qué digo. Ya iniciaba yo la búsqueda de albergues, cuando enciendo el celular y veo que el medocino me ha cancelado. Dice que está ocupado, que recuerde que hace mil cosas, y que no podrá verme.

La ira, entonces. Lo mismo de siempre. El desencuentro, el deseo no correspondido, la necesidad no correspondida. Y la pregunta de cómo responderle o si dejar que el silencio hable. La furia me hace querer herirlo, Continue reading “Tristeza de anochecer de domingo de otoño (o A punto, otra vez)”