Ya uno no sabe qué creer

A veces siento que se me agotan las palabras. O las ideas. Me cuesta escribir ficción. Bogotá tiene esa pereza, esa modorra absoluta en su clima nublado, gris, lluvioso, en su soledad. Siguen algunas molestias en los ojos. Y, aunque he hecho ejercicio, me dan culpa los dos días seguidos de comidas abundantes. Agradezco, sí. Hoy es domingo de pascua. El otro día hablaba por Skype con Raira, una amiga con la que estudié durante varios años en Buenos Aires. Me alarmó con su manera de ver la realidad. O con lo que se ve en la calle allá. Le consulté si lo que dicen los medios es así. Podría escribir sobre política, nacional e internacional, sobre la política de Argentina. No hace falta si no leer muchos diarios, muchos medios. Y eso lo hago siempre. Pero no. No quiero, me digo. Sigo con la ficción. Raira hizo hincapié en los despidos. Yo, en el tarifazo: ya hay un amigo que me dice que no llega a fin de mes. Me asombra cómo precarizan al trabajador, cómo tienen el apoyo de una derecha ignorante, y cómo pueden haber dicho que la mayoría se vería beneficiada. Algo les está saliendo mal, si ese era el objetivo, ya alguien les dijo. Otro amigo, en cambio, Sastel, defiende que repriman a los docentes que reclaman que el aumento de su sueldo esté por encima de la inflación, es decir, reclaman no caer en la pobreza. ¿Ignora Sastel que protestando se han conseguido beneficios de los que él goza y sin los cuales él sería incluso más miserable de lo que es ahora, en comparación con una persona que hace su Continue reading “Ya uno no sabe qué creer”

Tengo orzuelos (o Escribir como Gelman)

Orzuelos. Uno grande en el párpado izquierdo. Y uno que se asoma abajo, en el ojo derecho. Me preocupa. No quiero salir a la calle con esto. Y quisiera darme una vuelta mañana, martes. Espero estar mejor para el miércoles, el día que he quedado de ir a cine con mi amiga Dunia. Ya compré las entradas. Ahora tomé medio ibuprofeno. Aunque creo que los analgésicos no sirven de nada: he leído ya varias páginas web y no hablan de tomar ibuprofeno en casos de orzuelos. Le han hecho una campaña de desprestigio al ibuprofeno. Y seguramente sea cierto lo que dicen. Yo desconfío de lo químicos. Desconfío de todo, en general. Desconfío, por ejemplo, de estos orzuelos. Tomo té de jengibre. El té de jengibre sirve para desinflamar. Me pondré unas compresas, unas toallas con agua caliente. Durante unos cinco minutos. Eso haré. Y me pondré unos saquitos de té. Y seguiré leyendo Manual para mujeres de la limpieza. Ese texto, junto con cuentos de otros autores contemporáneos que he estado leyendo también, me inspira, pero me hace pensar en mis historias como insuficientes. Mis propias historias, digo. No debo compararme, ya sé. Debo dejar de que los buenos cuentos me abran la cabeza. Y escribir. “Se sienta a la mesa y escribe”.

Última noche en la costa (“última” es un decir)

Ya mañana viajo a Bogotá. De nuevo. Antes, en la mañana, temprano, iré a la misa de un año de fallecida la abuela. Papá me ha regalado una nueva máquina, un nuevo computador. El sábado he ido con él y con uno de mis hermanos a almorzar. Por supuesto, han preguntado si tengo novia. Ya antes un par de primas habían preguntado lo mismo. Y yo he contestado cómo he podido. Tampoco he tenido novios, pienso. Así que trato de extrapolar lo mismo que diría si supieran que soy gay. Intento también no usar ninguna expresión que involucre una mentira, la mentira de que me gustan las mujeres. Me asombra cómo asumen la heterosexualidad del otro. La pregunta de mi hermano fue: “¿Y qué tal las argentinas? Tengo buenas referencias”. “Y mirá -quisiera haberle dicho-, las argentinas son muy lindas, pero en realidad yo probé pitos y culos, porque no soy heterosexual, no”.  Continue reading “Última noche en la costa (“última” es un decir)”

Ay, cómo me quejo (o Por qué no te vas a la concha de tu madre, editor soberbio)

Ay, cómo me quejo. ¡Ay! El abuelo me decía que no dijera “ay”, me hacía sentir que era medio maricón eso. En una época, a mis 16, cuando mamá y yo nos pasamos a vivir con él y mi abuela (que se mudaban de Estados Unidos a Colombia), él me la montó con ese tema del “ay, ay”. Y es que mi abuela tuvo esa condición de queja constante, de drama infinito. Mi madre la heredó. Pero el abuelo lo decía seguro porque me salía el maricón cuando decía “ay, ay”.

Pues hoy me quejo, me quejo del frío, del no trabajo, me quejo. No hay que hacerlo, ya lo sé. A veces siento que este blog se ha convertido en un lugar donde sale la queja fácil. Y las letras fáciles también, el pensamiento sin mucho filtro. Envié dos cuentos a un editor de una revista y los ha rechazado. Continue reading “Ay, cómo me quejo (o Por qué no te vas a la concha de tu madre, editor soberbio)”

Actitudes (o Un acercamiento a las miserias)

h3He terminado dos cuentos nuevos. ¡Aleluya! Ahora debo corregirlos. Es la parte que menos disfruto. Si bien encuentro cierta dificultad (siempre) en el borrador, sentarse a corregir es lo aburrido del paseo. (“¡Deje de quejarse y escriba!”).

Mentí: le dije a mi amiga Adela que viajaría a la costa el fin de semana pasado. Pensé en ir, sí. Pero al final no porque el precio de los pasajes aumentó. Igual le dije que me iba: sé que el marido está de viaje, así que ella organizaría planes. Y no quiero salir ni gastar.

El fin de semana, cuando le anunciaba mi partida falsa, le dije que a mi regreso fuéramos a ver la obra de una amiga, una obra en la que trabajé como asistente hace Continue reading “Actitudes (o Un acercamiento a las miserias)”

Ahora escribo desde otra máquina (o Mejor no tentar al destino así)

ahora-escribo-desdeAhora escribo desde otra máquina. Resulta que la computadora a la que le pegué y que mi primo arregló, no funciona: cuando mi primo la tuvo lista, fue fallando de a poco hasta que no quiso arrancar más. Hay que hacerle otros arreglos. Pero es probable que ya sea mejor buscar una nueva. Mi amiga Katia, que vive en un pueblo, cerca de Bogotá, me llamó ayer, domingo, y dijo que vendría a la ciudad a hacer un par de compras. Ella me había dicho que me prestaba una Mac vieja, que era de una de sus hijas. Le pedí que la trajera.

La vida sigue y me convenzo de que todo es temporal, de que todo (lo digo, pero lo dudo) pasa. Así tal vez sufro menos.

Katia es madre de una amiga. Yo era amigo de su hija mayor. Compartimos muchos momentos juntos en Buenos Aires. Continue reading “Ahora escribo desde otra máquina (o Mejor no tentar al destino así)”

Furia

9

Primero fue contra el portátil más grande, el que uso todo el tiempo. Había pasado la noche con fiebre, débil y con dolor de garganta. La culpa me mortificaba: si no me hubiera pegado esa tremenda fiesta el día 30 de diciembre, no estaría así. Desperté y llamé a mamá. Quería consuelo. “Sigue así –me dijo-, de rumba”. Un poco en tono de burla y un poco en serio. Colgué enseguida. Quise buscar una farmacia en Internet y pedir que me trajeran remedios, pero el computador andaba lento. En un ataque de furia le pegué un puño al teclado. Debió haber sido más fuerte de lo que recuerdo: el disco se dañó, perdí muchos archivos y estuve más de diez días sin máquina.

Usé una pequeña netbook que tenía guardada y que no había encendido desde hace mucho. Aunque le hice arreglos, hubo un momento Continue reading “Furia”