Fútil

Tal vez debería escribir alguna historia más desde mí. Quiero decir, más desde mi juventud, algo con más cojones, algo más profundo. Entre la acción y la poesía. Entonces recuerdo que los cuentos no son un intento de poesía, que un maestro decía que si la poesía llegaba, bien; pero que si no, es mejor mantenerse en el campo de la acción. Pienso en Andrés Caicedo, en Ray Loriga. Pienso en ellos porque he visto artículos sobre ellos hoy. Aunque no recuerdo ahora con exactitud sus novelas, y no podría hacer un análisis. A ver, las recuerdo, sí. Pero no como para analizarlas, no las tengo claras. Algo me dice que escribieron con los cojones. Y me pregunto si cuando alguien lea mis historias, si cuando alguien lea lo que he escrito, mis cuentos, si le parecerá eso, que he escrito con cojones. García Márquez dudó también de Cien años de soledad. Y no quiero parecer ahora un narcisista con delirios de grandeza, Continue reading “Fútil”

Va de largo (o Mejor me callo, mejor sigo con los cuentos)

Y Buenos Aires ahí, en la mira. No sé si ya escribí esto. Ha sido un día de aquellos, como ya varios. Al final salió el sol. Mamá tendió la ropa que yo había metido de nuevo en la lavadora, después de que se mojara dos veces con agua de lluvia. Ahora salió el sol. ¡Solazo! Pero cuando desperté, nubes negras: listo, suficiente para que se me clave en el pecho el mal humor. ¿O habrá algo más ahí? Sospecho que hay miedo. Me ocupo en dejar ir, en relajarme, porque la preocupación, dicen, es la manera de atraer lo que uno menos quiere. Tal vez temo al futuro. Por más que es mi intención no hacerlo, descubro a mi mente intentando controlar: la cuestión financiera, el viaje a Buenos Aires, esa sociedad. Qué hacer: ir de vacaciones o quedarme un Continue reading “Va de largo (o Mejor me callo, mejor sigo con los cuentos)”

¡Ah, vaina!

Viernes. He escrito estas mismas ideas una y otra vez. Hoy las escribo con el propósito (ya no oculto) de que luego, cuando me siente a medir cuántas palabras he escrito durante el día, meta en la suma estos pensamientos fáciles que me incendian a toda hora, y entonces el número total no me deje tan insatisfecho.

En Macondo se va el agua, se va la luz, se daña el teléfono, el Internet. Y en el colegio de al lado celebran las fechas especiales a punta de estruendo: sala, merengue, champeta. Ignorancia. Le digo Macondo al pueblo este donde paso la vida. Gabo supo ver belleza en el subdesarrollo. Intento Continue reading “¡Ah, vaina!”

Y hoy qué: mi jornada y la marihuana

Aquí sigo, narrando mis días. Es más fácil que la ficción:  escribir unas líneas, unos párrafos (con suerte) y describir mi vida. Como si me fueran dictadas, las palabras llegan a mí mientras estoy tratando de escribir un cuento: ¿Y hoy qué? ¿Ir otra vez a la biblioteca? ¿Buscar a mi amiga Katia, aunque no quiera verla, pero buscarla igual porque sé que me dará marihuana? ¿Quedarme aquí todo el día? ¿Para qué me despierto tan temprano si no tengo nada que hacer? En esta etapa de curación (me gusta llamarla así “etapa de curación”), quiero despertar temprano, hacer ejercicio, y tener el día por delante para hacer cosas… Cosas… ¿¡Pero qué cosas!? La hierba, cuando no está, parece una salvadora. Pero es mejor no tenerla tan a mano, porque al fumar uno se vuelve un ente y da pereza, da sueño, da hambre. Después de comer, uno quiere dormir, y ya. La hierba no deja que uno haga cosas productivas, que uno vaya, vuelva, porque uno quiere hacerlo todo drogado. Pero no se puede hacer todo drogado, porque apenas uno come, listo, ¡a la cama! No a todo el mundo, pero a mí me pasa así. Si tan solo la puediera dosificar. Si tan solo me pudiera contener. Fumar poco y seguir con mis actividades. Se me ocurre que tal vez quede algún resquicio en la pipa: me aventuraré, fumaré un poco de ahí, de esas sobras imposibles, grasosas.

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Un final para mis historias

A veces me pregunto si me he precipitado al dedicarme a la ficción antes de haber conocido suficientemente la realidad. Eso dicen a veces periodistas o escritores que vienen del periodismo: que uno debe dedicarse primero a conocer la vida. Recuerdo que antes podía terminar las historias. Ahora, en cambio, escribir un párrafo es todo un mérito. Me gana la pereza al corregir. Cuando uno escribe, le enseñan que hay que corregir y corregir. A veces me da miedo romper la vergüenza de leer lo que escribo. O tal vez sea simple  falta de disciplina. A veces pienso que lo poco bueno que he hecho ha sido obra de inspiración pasajera, chispazos. Pero bueno, por otro lado, aconsejan trabajar sin parar: es decir, escribir sin parar. Y a eso estoy dedicado últimamente. Todos los días, de lunes a viernes , estoy dedicándome mínimo tres horas (a veces más) a sentarme frente al computador. Por supuesto, el Internet es un peligro importante. Pero bueno, como toda herramienta, puede ser usada a favor o en contra. Así que durante esas tres horas trabajo en sacar algún post para este blog. Este blog me ayuda a combatir el hábito de escribir solamente para el diario (hace muchos años llevo uno). Alguna vez leí un artículo que decía que los diarios personales pueden ser peligrosos para los escritores. Durante esas tres horas diarias (que a veces son más) también he venido trabajando en dos cuentos que estoy escribiendo hace mucho. Son historias adelantadas que no quiero abandonar. Me digo que por lo menos debo terminarlas. Entonces tengo que obligarme a avanzar, a escribir un final. Además, ¿cómo no escribir siempre la misma historia? Me hace falta un taller de escritura donde agarre disciplina y tenga opiniones diversas. Eso, y el monólogo que estoy montando para actuar. Sigo aprendiéndome el monólogo. He cuadrado un ensayo para el día jueves. Entonces dedico el tiempo a estos proyectos personales de los que no sé qué beneficio económico podré obtener. O tal vez obtengo otro tipo de beneficios, de otra índole. Y después veré los frutos. Eso quiero creer.