Escribir (o Violencia sistémica que se devuelve)

Obra de Maud Lewis

Esta necesidad de escribirlo todo, todo lo que me pasa. Y la contradicción de cuándo escribir ficción. Ayer veía Maudie, la película. Y aunque al final, cuando muestran imágenes de los verdaderos personajes, pude notar cuán adornado lo hacen los productores o los realizadores del gran cine, la película me hizo reflexionar sobre aquello de dedicarse todo el día a hacer arte. Cosa que he hecho por temporadas, siempre con la angustia de sentir que hago cosas que no valen la pena, y que debo ponerme en algún momento a conseguir dinero. Hoy, por ejemplo y para no ir más lejos. Hoy es domingo, y por eso me doy cierto permiso para saltar de archivo en archivo y escribir una cosa aquí, y otra cosa allá. También porque no anda el internet. Entonces no puedo buscar trabajo en esas páginas, a las que no he entrado desde hace unos días. Me doy permiso, sin tanta culpa. Y digo “tanta”, porque algo de angustia siempre hay igual. Siempre lo escribo, siempre pensando en la estabilidad.

Pero volviendo a la película: cuánto he deseado eso, simplemente dedicarme al arte. Pero en los momentos en los que lo he hecho, cuánta presión y cuán difícil enfocarse todo el tiempo en el oficio, como Maud, por ejemplo, que en algún momento (sí, después y a pesar de muchos tormentos) se dedicó a pintar todo el día, todos los días. Yo viviría actuando, con proyectos de teatro y tele, y escribiendo Continue reading “Escribir (o Violencia sistémica que se devuelve)”

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Toda una semana (en el deseo) o Salvajes con un él

Ya, aquí. Con el sonido de la heladera, que es más vieja que la del departamento de al lado, y la oigo sonar desde el cuarto, un ruido frío, punzante. Otro más. Trato de adaptarme, debo adaptarme. No tengo muchas opciones.

Entonces pienso cosas, ya entristecido: los demás, los privilegios, los privilegios de unos sobre otros, y sin saberlos, sin registrarlos a veces.

*

Supongo que el asco se irá. He iniciado este sábado con una tristeza de aquellas, de niño sin protección. Pero ya luego he hecho lo que tenía que hacer, arreglar aquí y allá. He sacado el televisor, y otros elementos. Sigo con el desinfectante. Y en un rato supongo que iré a por una alfombra para la bañera, un gasto que no quisiera hacer, pero no puedo vivir con asco. Debo agradecer, lo sé. Este departamento es más chico, la heladera suena, no tiene suficiente espacio para guardar las cosas. Y así. No quiero llamarle una ratonera. No puedo tratar así a mi lugar de vivienda. A matchbox, dirían los anglos. En medio del sueño rabié contra las de la inmobiliaria que no quisieron inventarle alguna excusa a los huéspedes que vienen al departamento en el que estaba yo, era cuestión de decirles que estaba disponible el de al lado, y dejarme a mí en el que estaba por más tiempo, y listo. Pero no. He rabiado como un niño consentido. Y no puedo vivir con asco, así que debo encontrar estrategias. Es para lo que me ha alcanzado el dinero, concluyo. Y no esta mal, debo agradecer, me digo siempre. Las fiestas, el fin de año, el verano. Y escribir, y el teatro, y lo demás. Mientras, la heladera me sigue incendiando con su sonido penetrante.

*

“…me prueba una vez más hasta qué punto no soy el autor de lo que escribo, en el sentido de que hay cosas que me usan, que pasan por mí para manifestarse; y si esto es propio de todos los “arquetipos”, de todos modos siempre resulta alucinante saber, por otro, lo que se ha escrito sin sospechar y sin querer”. Cartas, 1971. Julio Cortázar, en una carta a Lida Aronne de Amestoy, escrita en Saignon, el 18 de agosto de 1971.

Eso leía anoche del gran maestro. Lo asocié con lo que dice Stephen King sobre las historias, que son como fósiles, que uno saca con las herramientas que la técnica le provee, pero que las historias ya están ahí, Continue reading “Toda una semana (en el deseo) o Salvajes con un él”

Tanta ropa cotidiana

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Y de repente, soledad. De repente es un decir, porque fue paulatino. Pero cuando me doy cuenta de la sensación, es como si hubiera sido de golpe. Por las tardes, después de buscar trabajo, un poco de tristeza me entra. Recuerdo aquel otoño del 2014, y agradezco que ahora sea primavera, haber venido en esta época.

Hoy, uno de los contactos al que le he enviado mi currículo me ha dicho que conseguiré trabajo fácilmente. Pues ya llevo un mes. O casi un mes. Y ni una entrevista. Ya escribí antes que tal vez sólo haga falta una, una sola, la empresa indicada, dar en el blanco, digo, a la primera. Uno nunca sabe. Ojalá.

Los días de sobriedad me vienen bien, me siento bien. La meditación, el ejercicio. Pero ya a eso de las cinco de la tarde se me va torciendo el deseo, considero suficiente la cantidad de concentración dispuesta en lo correcto, y me dan ganas de un porro. Hoy he buscado a ver si, como el otro día, encuentro algún resto que me sorprenda y que me haga la tarde. Pero nada, no he encontrado nada.

Y no sé bien qué historia continuar. Tengo tantas por la mitad, que no me atrevo a empezar otra. ¿Para qué? Si escribo una nueva, y me queda por la mitad, entonces ¿otra más a la lista de inacabadas? Continue reading “Tanta ropa cotidiana”

Con la palabra escrita (o Una necesidad que me está resultando incómoda)

Ha sido una noche terrible: la fiebre me mantuvo primero con frío; luego, cuando desperté para tomar por fin los antibióticos, casi ni pude alzar la jarra de agua por la debilidad, y a partir de ahí ya transpiré, cosa que supongo debo celebrar. Además, el asunto de la parálisis del sueño, que es horrible, y que no entiendo por qué o en qué momentos llega: pensé haberlo solucionado al no dormir boca arriba. Pero no. Hoy estaba de lado e igual me pasó: uno despierta, pero hay partes del cuerpo que no puede mover. Dicen que es normal, que sucede. Hay quienes sienten una presión en el pecho y una presencia. A mí eso me pasó poco. Pero lo de despertar y no poder moverse… Hace años me ocurre. Dios.

Expiar. El cuerpo pasa factura. Y abusé de mis capacidades el fin de semana pasado. El domingo el sujeto (un tanto roñoso) que vino a casa y que se fue sin todavía descubrir yo por qué (acto que me generaría después una culpa espantosa). El lunes me fui, sin importarme la lluvia, donde el Cobo a que me diera porro y sexo (otro acto que me generaría después una culpa insoportable). Me había embriagado el domingo, el sábado. Todo. Continue reading “Con la palabra escrita (o Una necesidad que me está resultando incómoda)”

Miedo de furia (o Es mejor pensarlo, quiero creer, reconocerlo y analizarlo)

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El viaje. Las compras. Las valijas. El calor que agobia. Y el miedo, claro, siempre el miedo. Las ganas de escribir, pero sin saber ya bien qué. La curiosidad. El pelo demasiado corto. Los planes para el fin de semana en Bogotá. Y el pensar constante en el adiós. Los cuentos. Los cuentos que no se escriben solos, que me necesitan a mí para escribirse. A mí y a mi disposición. El calor, de nuevo. Todo el tiempo. Los zapatos que no encuentro, porque los que me gustan son los más caros. Y los precios bien elevados. No sólo allá (ese es otro miedo), si no aquí. Entonces, repito, los zapatos, que son bien caros. Y las noticias y el internet. Los que votan la derecha, los fascistas por ignorancia, los fascistas por tilingos, los fascistas por dormidos, por ese síndrome, el de Estocolmo.

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A veces pienso que es más cómodo tener el argumento de las historias antes de sentarme a escribir. Sería más cómodo, me digo. Porque si no, alargo y alargo los relatos. O me pauso, me quedo en pausa, sin saber qué desarrollo darles. Lo primero (alargarlos) es inconveniente, porque lo que quiero escribir son cuentos. Aunque para qué presionarme, me respondo enseguida, Continue reading “Miedo de furia (o Es mejor pensarlo, quiero creer, reconocerlo y analizarlo)”

Más (de Macondo, del pudor y del deseo)

No me sirve el mal humor para escribir. Porque entonces sólo quiero hablar sobre mis odios, que se me alborotan, y me urge revolear mierda para todos lados. A veces pienso que no estoy hecho para vivir con otras personas, disfruto más de la soledad, disfruto no tener contacto con otros salvo en ocasiones excepcionales. Lo escribo ahora porque por más que las cosas mejoren con mamá, me pregunto hasta cuándo podré soportar la convivencia. Pero es divagar, volver al mismo punto, preguntarme cosas que a veces no tiene sentido preguntarse, no ayuda.

Creo que las clases de manejo, esa escuela, su desorden, la chabacanería con la que se mueven y verme obligado a salir casi a diario, ver estas calles, tener contacto con la cotidianidad en este lugar, todo eso me afecta. Pobre niño hipersensible (¿pobre marica?).

Reconciliar. Hablaba con mi amiga Dunia el otro día, y ella me decía “qué bueno que estés reconciliándote”. No lo sé. No puedo saberlo ahora. No puedo mirar en retrospectiva aún.

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Escribo porque no puedo hacer nada más, porque es la única manera que encuentro de pasar el tiempo en forma creativa. Están pintando la casa. Me incomoda la presencia del pintor aquí. Es el mismo de toda la vida, un Continue reading “Más (de Macondo, del pudor y del deseo)”

Como que te creíste buen padre, viejito

Ahora es de noche, y escribo en el patio. Se ha ido la luz. Me senté en el balcón, y después de leer el artículo ese que escribieron Sandro Romero Rey y Luis Ospina en Arcadia, sobre la polémica por las cartas de Andrés Caicedo, me vine al patio, donde algo de brisa corre. Saqué una mesita, me traje el tesito de cidrón y toronjil que había preparado antes del apagón, y me he sentado a escribir en la computadora, que por suerte tiene carga suficiente. Prendí una vela también. Pensé que la luz volvería pronto. Pero nada. Y no puedo negar que disfruto este episodio de escritura así, a oscuras, en el patio. Tal vez sea propicio en algún otro momento usar este espacio, cuando mamá ya se haya dormido. Aunque quién sabe si cuando haya luz se escuchen ruidos de afuera. A veces pasa eso. Ya veré.

Pensé en llamar a mi amiga Áspora que anda en uno de sus problemas tenaces (pobre amiga mía). Pero me quedé escribiendo. Tampoco quiero ser muy pesado, ya ella sabe que cuenta conmigo, no quiero andar llamándola a toda hora.

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El asunto volvió a mi mente porque el domingo pasado, cuando iba en el taxi hacia el cine, sonó en la radio No basta, de Franco de Vita. Y ahí lo recordé. Recordé que papá me envió dos veces la misma historia vía Whatsapp. La primera vez, hace un par de meses tal vez. Y la segunda, hace unas semanas. Que los hijos son como buques, decía el cuentito, que estamos en puerto seguro con los padres, y que los padres deben dejarnos ir, y que los padres nos enseñan valores: humildad, respeto, responsabilidad, y que después el buque debe lograr su autonomía, y que buen viento y buena mar. Cínico, pensé. La primera vez se lo dejé pasar. A lo mejor, me dije, lo reenvió a todos sus hijos, y dentro de esos me incluyó a mí sin darle muchas vueltas al tema. Pero la segunda vez, ya dudé de la falta de intencionalidad. Me encrispé, iracundo me puse. ¿De qué valores me habla? ¿Ahora resulta que por haber tirado unos mangos se siente buen padre? Lo que trataba de decirme, concluí después, es que no Continue reading “Como que te creíste buen padre, viejito”