Tristeza de anochecer de domingo de otoño (o A punto, otra vez)

Le he dicho al mendocino de vernos (he podido conseguir su teléfono de nuevo, le he escrito y seguimos en conversaciones), le dije de ir a un albergue transitorio (a un motel), y de pasar ahí un rato. Pero ahora dudo. Dudo porque he recordado el objetivo de mantenerme austero, y le he dicho que pagaría yo el albergue. Me parece gastar mucho en tan poco tiempo. A lo mejor prefiero estar tranquilo, en casa.

Pero qué digo. Ya iniciaba yo la búsqueda de albergues, cuando enciendo el celular y veo que el medocino me ha cancelado. Dice que está ocupado, que recuerde que hace mil cosas, y que no podrá verme.

La ira, entonces. Lo mismo de siempre. El desencuentro, el deseo no correspondido, la necesidad no correspondida. Y la pregunta de cómo responderle o si dejar que el silencio hable. La furia me hace querer herirlo, Continue reading “Tristeza de anochecer de domingo de otoño (o A punto, otra vez)”

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Escribime, mendocino (o Amores de barra, neurosis de niño)

El dolor de todo el desamor antes vivido, ¿de todo el desamor del mudo? Exagero, eso fue otras veces, ahora no. El dolor de la neurosis: yo, el desafortunado. Y él, el chico joven, cuyo teléfono he borrado ya de mi agenda en el celular; él, feliz, y no quiere verme. Un malentendido producto de mi inmadurez. Y, entonces, cuando ceno en la cocina, y entran mi casera Melania y su novio Pirado, entonces me dan ganas de llorar, porque estoy incómodo (aunque exagere), porque no me siento a gusto con esta vida, en este momento, con esta parte, porque no estoy en paz, y mis pensamientos (no debo creerles) me dicen que él, el chico mendocino con el que estuve hace un par de días, está tranquilo, feliz, contento, fuerte, y yo, yo vulnerable, incómodo. Así él tenga menos privilegios, qué tiene que ver, así yo viva supuestamente mejor, la fortaleza y el bienestar son cosas internas. Y él me ha rechazado, porque le he dicho que quería verlo ayer u hoy, pero he generado un malentendido, y no he sabido Continue reading “Escribime, mendocino (o Amores de barra, neurosis de niño)”

Largo de días non-sanctos (o Yo: el misántropo convive)

42ffcdcd73567651337640bbb41b9de9Más de lo mismo, más de mis odios momentáneos, las situaciones en las que me siento preso, más de la mente divagando entre los mismos temas: el trabajo, las no ventas, y el novio de mi casera que vive acá, y los dos que ponen música, y el bendito perro que ladra cada vez más fuerte, y yo desesperado, encerrado en mi habitación, viendo cómo decirle a ella que tenga cuidado con la música, buscando la oportunidad, el momento perfecto, la forma adecuada.

*

Tres días para el feriado. Anoche Melania y Pirado me han dicho que él sigue sin agua. Hace un par de semanas se le explotó la bomba del agua. Algo así. Ya lo sabía. Y, de hecho, sospechaba que esa podía ser la razón de tantos días acá en casa. Pero no sospechaba tanto: ¿¡dos semanas sin agua!? Dice que tiene, sí, pero que no como para bañarse o usar a gusto.

Y ahora, otra vez: la oficina, la gente, lo de siempre. Mañana cumpliré un mes ahí. Debo llevar comida, “facturas” que llaman acá. Eso hace la gente allí, lleva cosas por una razón o la otra. O sin razón. Como el director, el otro día. Y yo preciso agarré dos, dos facturas (y no una, como debí), y el director entraba, y me vio llevándome dos, Continue reading “Largo de días non-sanctos (o Yo: el misántropo convive)”

Toda una semana (en el deseo) o Salvajes con un él

Ya, aquí. Con el sonido de la heladera, que es más vieja que la del departamento de al lado, y la oigo sonar desde el cuarto, un ruido frío, punzante. Otro más. Trato de adaptarme, debo adaptarme. No tengo muchas opciones.

Entonces pienso cosas, ya entristecido: los demás, los privilegios, los privilegios de unos sobre otros, y sin saberlos, sin registrarlos a veces.

*

Supongo que el asco se irá. He iniciado este sábado con una tristeza de aquellas, de niño sin protección. Pero ya luego he hecho lo que tenía que hacer, arreglar aquí y allá. He sacado el televisor, y otros elementos. Sigo con el desinfectante. Y en un rato supongo que iré a por una alfombra para la bañera, un gasto que no quisiera hacer, pero no puedo vivir con asco. Debo agradecer, lo sé. Este departamento es más chico, la heladera suena, no tiene suficiente espacio para guardar las cosas. Y así. No quiero llamarle una ratonera. No puedo tratar así a mi lugar de vivienda. A matchbox, dirían los anglos. En medio del sueño rabié contra las de la inmobiliaria que no quisieron inventarle alguna excusa a los huéspedes que vienen al departamento en el que estaba yo, era cuestión de decirles que estaba disponible el de al lado, y dejarme a mí en el que estaba por más tiempo, y listo. Pero no. He rabiado como un niño consentido. Y no puedo vivir con asco, así que debo encontrar estrategias. Es para lo que me ha alcanzado el dinero, concluyo. Y no esta mal, debo agradecer, me digo siempre. Las fiestas, el fin de año, el verano. Y escribir, y el teatro, y lo demás. Mientras, la heladera me sigue incendiando con su sonido penetrante.

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“…me prueba una vez más hasta qué punto no soy el autor de lo que escribo, en el sentido de que hay cosas que me usan, que pasan por mí para manifestarse; y si esto es propio de todos los “arquetipos”, de todos modos siempre resulta alucinante saber, por otro, lo que se ha escrito sin sospechar y sin querer”. Cartas, 1971. Julio Cortázar, en una carta a Lida Aronne de Amestoy, escrita en Saignon, el 18 de agosto de 1971.

Eso leía anoche del gran maestro. Lo asocié con lo que dice Stephen King sobre las historias, que son como fósiles, que uno saca con las herramientas que la técnica le provee, pero que las historias ya están ahí, Continue reading “Toda una semana (en el deseo) o Salvajes con un él”

Tanta ropa cotidiana

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Y de repente, soledad. De repente es un decir, porque fue paulatino. Pero cuando me doy cuenta de la sensación, es como si hubiera sido de golpe. Por las tardes, después de buscar trabajo, un poco de tristeza me entra. Recuerdo aquel otoño del 2014, y agradezco que ahora sea primavera, haber venido en esta época.

Hoy, uno de los contactos al que le he enviado mi currículo me ha dicho que conseguiré trabajo fácilmente. Pues ya llevo un mes. O casi un mes. Y ni una entrevista. Ya escribí antes que tal vez sólo haga falta una, una sola, la empresa indicada, dar en el blanco, digo, a la primera. Uno nunca sabe. Ojalá.

Los días de sobriedad me vienen bien, me siento bien. La meditación, el ejercicio. Pero ya a eso de las cinco de la tarde se me va torciendo el deseo, considero suficiente la cantidad de concentración dispuesta en lo correcto, y me dan ganas de un porro. Hoy he buscado a ver si, como el otro día, encuentro algún resto que me sorprenda y que me haga la tarde. Pero nada, no he encontrado nada.

Y no sé bien qué historia continuar. Tengo tantas por la mitad, que no me atrevo a empezar otra. ¿Para qué? Si escribo una nueva, y me queda por la mitad, entonces ¿otra más a la lista de inacabadas? Continue reading “Tanta ropa cotidiana”

Con la palabra escrita (o Una necesidad que me está resultando incómoda)

Ha sido una noche terrible: la fiebre me mantuvo primero con frío; luego, cuando desperté para tomar por fin los antibióticos, casi ni pude alzar la jarra de agua por la debilidad, y a partir de ahí ya transpiré, cosa que supongo debo celebrar. Además, el asunto de la parálisis del sueño, que es horrible, y que no entiendo por qué o en qué momentos llega: pensé haberlo solucionado al no dormir boca arriba. Pero no. Hoy estaba de lado e igual me pasó: uno despierta, pero hay partes del cuerpo que no puede mover. Dicen que es normal, que sucede. Hay quienes sienten una presión en el pecho y una presencia. A mí eso me pasó poco. Pero lo de despertar y no poder moverse… Hace años me ocurre. Dios.

Expiar. El cuerpo pasa factura. Y abusé de mis capacidades el fin de semana pasado. El domingo el sujeto (un tanto roñoso) que vino a casa y que se fue sin todavía descubrir yo por qué (acto que me generaría después una culpa espantosa). El lunes me fui, sin importarme la lluvia, donde el Cobo a que me diera porro y sexo (otro acto que me generaría después una culpa insoportable). Me había embriagado el domingo, el sábado. Todo. Continue reading “Con la palabra escrita (o Una necesidad que me está resultando incómoda)”