Descensos funestos al mundo de la cólera

Despierto. Medito. Pero igual nimiedades de la cotidianidad me hacen enfurecer al punto de pegarle a puertas, paredes. Ira. Hace unos diez días cuando me fui a Bogotá, el clima se mantenía lluvioso, así que luego de lavar ropa y tenderla en el patio, tuve que estar alerta, tuve que trasportar la ropa del patio al baño cada que el cielo amenazaba con aguacero, y del baño al patio cada que parecía que ya no iba a llover más. Le dije a mamá que comprara un tendedero de piso, así cuando lloviera y necesitáramos lavar, solo debíamos abrir el tendedero bajo techo, y listo. Pues he regresado de la montaña hace tres días, y hace tres días que el cielo amaga con lluvia en el pueblo. Ergo, no me había aventurado a lavar. Pero no tengo calzoncillos limpios. Me va a tocar a mano, actividad incómoda para un citadino burgués como yo. Y en el caribe es imposible –al parecer– pronosticar el clima. Entonces, durante estos tres días he estado a punto de lavar, y no lo he hecho, por la amenaza de lluvia, que no se cumplía. Hasta hoy, que me he resuelto. ¿Y qué pasa? Preciso llueve. Mi ira alcanza niveles infernales: reniego, grito, porque después de tender la ropa en el patio veo que el cielo se está oscureciendo, entonces llevo la ropa hasta el baño, histérico, ya transpirado por el calor demencial que ni la lluvia relaja en este pueblo: al contrario, hace que la humedad aumente. Mamá no está en casa, gracias al cielo. Entonces grito contra ella. “Cómo es posible –digo-, cómo es posible que pasen diez días y no compre el tendedero, que uno en este pueblo necesite ropa limpia y no pueda lavar… eso sumado a que se va la luz, el agua, el Internet…”. Me siento poco libre, libre de hacer lo que quiera cuando quiera. Y recuerdo, en una búsqueda desesperada de motivos que justifiquen mi ego y mi ira, en un síntoma claro de no poder hacerme cargo de mi propia vida, o en un acto simple y soberbio de comodidad tal vez, recuerdo que ha pasado un mes desde que le llevo insistiendo a mamá que vaya a algún sitio donde laven el auto por dentro. Pero ella me dice que primero quiere hacerle no sé qué cosa, un mantenimiento a no sé qué parte, y que luego lo llevará a lavar. Pero no hace ni lo uno ni lo otro, porque se dedica a hacer trámites de sus primas, de sus hermanas, a ayudarles, y entonces relega lo de ella. También hace un mes que le he dicho que le diga al trabajador que ahora viene a ayudar a la vecina, que pinte una pared de la entrada que tiene un hueco de pintura enorme. El tipo no tardaría más de media hora pintando eso. Pero no le ha dicho… Y así, todo lleva tiempo, mucho tiempo en Macondo, a mamá se le pasan las horas haciendo las compras del día y trámites para otras personas, o se va a visitar a sus amigas. Y cuando una de mis “necesidades” se ve frustrada, entonces me pongo histérico. Eso sin contar que la ropa negra sale llena de pelusas, por más que reviso que no haya papeles, y lave sólo lo oscuro con lo oscuro, sin toallas y sin trapos. Eso pasa también desde hace meses, y no le he podido dar solución, y entonces después tengo que pasarles a las prendas una maquinita. Pero, ¿por qué en la lavadora en Bogotá no pasa, y aquí sí? ¿Cosas de la vida?

Más tarde, cuando ella llega, ya me he calmado, ya he escrito estas líneas, ya he tendido la ropa bajo techo (además de colgarla en el baño, pongo los calzoncillos y las medias sobre unas sillas en la cocina), ya he encendido el aire acondicionado en mi cuarto. También he hecho una lista. Así, ahora que venga mamá, le doy un abrazo y le digo my calmado que el lunes la necesito todo el día para mí: iremos a lavar el carro, a por el tendedero, y llamaremos al técnico para que le haga mantenimiento a la lavadora. También buscaremos al pintor y fijaremos la fecha más próxima para que pinte la pared de la entrada. Respiro hondo, escribo. Y me digo que tal vez escribiendo sane la culpa (“petit angustia”) por perder la paciencia, por mis descensos funestos al mundo de la cólera.

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Author: Anónimo Temporal

Empezaré por un diario de mi propósito de recuperarme, de dejar las drogas y el sexo. Contaré a manera de crónicas historias de mis amores, de los hombres de mi vida. Y hablaré, tal vez, de todo un poco, una especie de columna de opinión semanal.

3 thoughts on “Descensos funestos al mundo de la cólera”

  1. ¿Porqué no pintas? Tengo un sujeto parecido en casa, ¿mamá metió la ropa? ¿porqué no manda a pintar la pared? ¿que hizo de almuerzo? Ya comprometió a un amigo que le ayude con lo de pintar la pared y su cuarto, no ha logrado que sea yo quien entre su ropa humeda, sigue en el intento y ayer entendió que no estaré toda la vida para ajustarle lo que no le gusta… No te molestes, estoy en los pies de tu mamá y creo que tú darás punto. Me gustan mucho tus relatos, logro imaginarme todas las escenas y reir en vez de enojarme, con mi bebe acompañante.

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