Más (de Macondo, del pudor y del deseo)

No me sirve el mal humor para escribir. Porque entonces sólo quiero hablar sobre mis odios, que se me alborotan, y me urge revolear mierda para todos lados. A veces pienso que no estoy hecho para vivir con otras personas, disfruto más de la soledad, disfruto no tener contacto con otros salvo en ocasiones excepcionales. Lo escribo ahora porque por más que las cosas mejoren con mamá, me pregunto hasta cuándo podré soportar la convivencia. Pero es divagar, volver al mismo punto, preguntarme cosas que a veces no tiene sentido preguntarse, no ayuda.

Creo que las clases de manejo, esa escuela, su desorden, la chabacanería con la que se mueven y verme obligado a salir casi a diario, ver estas calles, tener contacto con la cotidianidad en este lugar, todo eso me afecta. Pobre niño hipersensible (¿pobre marica?).

Reconciliar. Hablaba con mi amiga Dunia el otro día, y ella me decía “qué bueno que estés reconciliándote”. No lo sé. No puedo saberlo ahora. No puedo mirar en retrospectiva aún.

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Escribo porque no puedo hacer nada más, porque es la única manera que encuentro de pasar el tiempo en forma creativa. Están pintando la casa. Me incomoda la presencia del pintor aquí. Es el mismo de toda la vida, un Continue reading “Más (de Macondo, del pudor y del deseo)”

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Como que te creíste buen padre, viejito

Ahora es de noche, y escribo en el patio. Se ha ido la luz. Me senté en el balcón, y después de leer el artículo ese que escribieron Sandro Romero Rey y Luis Ospina en Arcadia, sobre la polémica por las cartas de Andrés Caicedo, me vine al patio, donde algo de brisa corre. Saqué una mesita, me traje el tesito de cidrón y toronjil que había preparado antes del apagón, y me he sentado a escribir en la computadora, que por suerte tiene carga suficiente. Prendí una vela también. Pensé que la luz volvería pronto. Pero nada. Y no puedo negar que disfruto este episodio de escritura así, a oscuras, en el patio. Tal vez sea propicio en algún otro momento usar este espacio, cuando mamá ya se haya dormido. Aunque quién sabe si cuando haya luz se escuchen ruidos de afuera. A veces pasa eso. Ya veré.

Pensé en llamar a mi amiga Áspora que anda en uno de sus problemas tenaces (pobre amiga mía). Pero me quedé escribiendo. Tampoco quiero ser muy pesado, ya ella sabe que cuenta conmigo, no quiero andar llamándola a toda hora.

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El asunto volvió a mi mente porque el domingo pasado, cuando iba en el taxi hacia el cine, sonó en la radio No basta, de Franco de Vita. Y ahí lo recordé. Recordé que papá me envió dos veces la misma historia vía whatsapp. La primera vez, hace un par de meses tal vez. Y la segunda, hace unas semanas. Que los hijos son como buques, decía el cuentito, que estamos en puerto seguro con los padres, y que los padres deben dejarnos ir, y que los padres nos enseñan valores: humildad, respeto, responsabilidad, y que después el buque debe lograr su autonomía, y que buen viento y buena mar. Cínico, pensé. La primera vez se lo dejé pasar. A lo mejor, me dije, lo reenvió a todos sus hijos, y dentro de esos me incluyó a mí sin darle muchas vueltas al tema. Pero la segunda vez, ya dudé de la falta de intencionalidad. Me encrispé, iracundo me puse. ¿De qué valores me habla? ¿Ahora resulta que por haber tirado unos mangos se siente buen padre? Lo que trataba de decirme, concluí después, es que no Continue reading “Como que te creíste buen padre, viejito”

Septiembre, mamá y deseo

Y ahora cómo perdonar. No es el hecho en sí, si no la idea de que mamá ha depositado más confianza en esos personajes, en su novio y en el hijo de su novio. Por diferentes razones lo digo. Aunque puede ser una creencia falsa, miedo. Igual me siento ofendido. El domingo pasado mamá salió a ver un partido de fútbol y a celebrar el cumpleaños de su novio, que era el lunes. Salió el domingo a eso de las cuatro y media de la tarde. Le pregunté si regresaba después de las doce. Me dijo que no. Pues regresó recién el lunes después de las once de la mañana. Y si yo no la llamo a las siete y media, quién sabe si ella me hubiese llamado. Continue reading “Septiembre, mamá y deseo”

Pero que ‘good things come’

Hubo una época en la que dejé el café. Pero desde hace un buen tiempo he vuelto a él con furia. Amo esta sensación de escribir somnoliento, ya sea después de una noche de buen sueño o de una siesta de aquellas, y el olor del café, y el humo que sale de la taza, y empezar a tipear. ¡Ah!

A mamá se le parten los vasos y las tazas. Antes pensé que eran solo los míos, y que ella, inconscientemente, expresaba algo hacia mí. Ahora no descarto esa posibilidad, pero hoy, a las seis de la mañana, en mi cuarto, donde normalmente no se escucha nada que venga de la cocina, me despertó el estallido de algo que se había roto: un vaso contra el piso. Mamá dice que está retrocediendo en el proceso de duelo por la muerte de mi abuelo. Si bien tiene una tendencia a victimizarse y disfrutar del dolor, creo que también es cierto que, a ratos, está más compungida que días atrás. Me ha dicho que antes mi abuelo resolvía todo, que antes ella iba al supermercado todos los miércoles y compraba lo que se le antojase. Ahora va cualquier día, o sea que no hace una sola gran compra, y más bien lleva lo necesario. Le dije que yo suponía que ese ir y venir era parte del proceso. Se tiende a sublimar al muerto. Bastante incomodidad y dolor que le causaba tenerlo moribundo, soportar sus rabietas, Continue reading “Pero que ‘good things come’”

Pensé que fumaría (o Manijita, bien ardido)

Pensé que fumaría. Un primo que vive en la Florida y que estuvo de visita en Macondo (donde yo paso una temporada acompañando a mamá), me dejó unos cigarros de marihuana escondidos en un oso de peluche, en un armario en casa de mi tía. Oh, no, no lo harás, pequeño, parece haberme dicho el destino. Cuando llego y busco: el muñeco… ¡el muñeco no está! A mi tía, la mamá de mi primo, se le ha dado por arreglar los closets. Preciso. Así que cuando llego a su casa, con la excusa de “hacer algo en el computador”, y me quedo solo en el cuarto de mi primo, abro el armario, Continue reading “Pensé que fumaría (o Manijita, bien ardido)”

Fastidio de fin de agosto

Aquí es de noche, pero la temperatura debe estar a unos treinta grados. El ventilador, en su máxima potencia. Me apunta. Tomo una infusión de tilo y de toronjil, así duermo más fácil. Aunque a veces ni eso. A veces ni las gotitas de valeriana y de pasiflora. Ya lo había dicho. Sí. A veces, la cabeza me juega unas noches de aquellas en las que a punta de pensamientos el miedo se cuela y, como un pulpo, se va desplegando desde la boca de mi estómago, adentro de mí, extiende sus tentáculos, hasta mi cuello, y abajo hasta mis pies. Entonces recuerdo. A veces recuerdo, por ejemplo, sus brazos blancos, fuertes, su torso firme. No es a él a quien extraño, sino una compañía, un romance. Y cómo no erotizarme también (y no violentarme) cuando se me viene, en horas de insomnio, esa imagen del afro en medio del acto, hundiéndose entero, la imagen que uso en las noches, a veces, para vaciar esta necesidad.

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¡Ah! Una revelación: escribir es  mucho más que escribir. Hablo de ficción. Escribir ficción. Ya lo han dicho otros, pero este es mi proceso, mi proceso de descubrimiento. Escribir es, luego y también, corregir. E incluso, durante el proceso de la escritura, hay que pensar, darle vueltas a esto y aquello, porque la trama no está definida desde el inicio, o al menos casi nunca en mi caso. Entonces encuentro, quiero confesar, un regodeo en el tipeo, o incluso cuando he tenido que escribir a mano, en el acto de depositar tinta en el papel. Regodeo Continue reading “Fastidio de fin de agosto”

Va de largo (o Mejor me callo, mejor sigo con los cuentos)

Y Buenos Aires ahí, en la mira. No sé si ya escribí esto. Ha sido un día de aquellos, como ya varios. Al final salió el sol. Mamá tendió la ropa que yo había metido de nuevo en la lavadora, después de que se mojara dos veces con agua de lluvia. Ahora salió el sol. ¡Solazo! Pero cuando desperté, nubes negras: listo, suficiente para que se me clave en el pecho el mal humor. ¿O habrá algo más ahí? Sospecho que hay miedo. Me ocupo en dejar ir, en relajarme, porque la preocupación, dicen, es la manera de atraer lo que uno menos quiere. Tal vez temo al futuro. Por más que es mi intención no hacerlo, descubro a mi mente intentando controlar: la cuestión financiera, el viaje a Buenos Aires, esa sociedad. Qué hacer: ir de vacaciones o quedarme un Continue reading “Va de largo (o Mejor me callo, mejor sigo con los cuentos)”