Miedo de furia (o Es mejor pensarlo, quiero creer, reconocerlo y analizarlo)

M~ SUN0725Cowboy

El viaje. Las compras. Las valijas. El calor que agobia. Y el miedo, claro, siempre el miedo. Las ganas de escribir, pero sin saber ya bien qué. La curiosidad. El pelo demasiado corto. Los planes para el fin de semana en Bogotá. Y el pensar constante en el adiós. Los cuentos. Los cuentos que no se escriben solos, que me necesitan a mí para escribirse. A mí y a mi disposición. El calor, de nuevo. Todo el tiempo. Los zapatos que no encuentro, porque los que me gustan son los más caros. Y los precios bien elevados. No sólo allá (ese es otro miedo), si no aquí. Entonces, repito, los zapatos, que son bien caros. Y las noticias y el internet. Los que votan la derecha, los fascistas por ignorancia, los fascistas por tilingos, los fascistas por dormidos, por ese síndrome, el de Estocolmo.

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A veces pienso que es más cómodo tener el argumento de las historias antes de sentarme a escribir. Sería más cómodo, me digo. Porque si no, alargo y alargo los relatos. O me pauso, me quedo en pausa, sin saber qué desarrollo darles. Lo primero (alargarlos) es inconveniente, porque lo que quiero escribir son cuentos. Aunque para qué presionarme, me respondo enseguida, Continue reading “Miedo de furia (o Es mejor pensarlo, quiero creer, reconocerlo y analizarlo)”

Más (de Macondo, del pudor y del deseo)

No me sirve el mal humor para escribir. Porque entonces sólo quiero hablar sobre mis odios, que se me alborotan, y me urge revolear mierda para todos lados. A veces pienso que no estoy hecho para vivir con otras personas, disfruto más de la soledad, disfruto no tener contacto con otros salvo en ocasiones excepcionales. Lo escribo ahora porque por más que las cosas mejoren con mamá, me pregunto hasta cuándo podré soportar la convivencia. Pero es divagar, volver al mismo punto, preguntarme cosas que a veces no tiene sentido preguntarse, no ayuda.

Creo que las clases de manejo, esa escuela, su desorden, la chabacanería con la que se mueven y verme obligado a salir casi a diario, ver estas calles, tener contacto con la cotidianidad en este lugar, todo eso me afecta. Pobre niño hipersensible (¿pobre marica?).

Reconciliar. Hablaba con mi amiga Dunia el otro día, y ella me decía “qué bueno que estés reconciliándote”. No lo sé. No puedo saberlo ahora. No puedo mirar en retrospectiva aún.

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Escribo porque no puedo hacer nada más, porque es la única manera que encuentro de pasar el tiempo en forma creativa. Están pintando la casa. Me incomoda la presencia del pintor aquí. Es el mismo de toda la vida, un Continue reading “Más (de Macondo, del pudor y del deseo)”

Va de largo (o Mejor me callo, mejor sigo con los cuentos)

Y Buenos Aires ahí, en la mira. No sé si ya escribí esto. Ha sido un día de aquellos, como ya varios. Al final salió el sol. Mamá tendió la ropa que yo había metido de nuevo en la lavadora, después de que se mojara dos veces con agua de lluvia. Ahora salió el sol. ¡Solazo! Pero cuando desperté, nubes negras: listo, suficiente para que se me clave en el pecho el mal humor. ¿O habrá algo más ahí? Sospecho que hay miedo. Me ocupo en dejar ir, en relajarme, porque la preocupación, dicen, es la manera de atraer lo que uno menos quiere. Tal vez temo al futuro. Por más que es mi intención no hacerlo, descubro a mi mente intentando controlar: la cuestión financiera, el viaje a Buenos Aires, esa sociedad. Qué hacer: ir de vacaciones o quedarme un Continue reading “Va de largo (o Mejor me callo, mejor sigo con los cuentos)”

Un final para mis historias

A veces me pregunto si me he precipitado al dedicarme a la ficción antes de haber conocido suficientemente la realidad. Eso dicen a veces periodistas o escritores que vienen del periodismo: que uno debe dedicarse primero a conocer la vida. Recuerdo que antes podía terminar las historias. Ahora, en cambio, escribir un párrafo es todo un mérito. Me gana la pereza al corregir. Cuando uno escribe, le enseñan que hay que corregir y corregir. A veces me da miedo romper la vergüenza de leer lo que escribo. O tal vez sea simple  falta de disciplina. A veces pienso que lo poco bueno que he hecho ha sido obra de inspiración pasajera, chispazos. Pero bueno, por otro lado, aconsejan trabajar sin parar: es decir, escribir sin parar. Y a eso estoy dedicado últimamente. Todos los días, de lunes a viernes , estoy dedicándome mínimo tres horas (a veces más) a sentarme frente al computador. Por supuesto, el Internet es un peligro importante. Pero bueno, como toda herramienta, puede ser usada a favor o en contra. Así que durante esas tres horas trabajo en sacar algún post para este blog. Este blog me ayuda a combatir el hábito de escribir solamente para el diario (hace muchos años llevo uno). Alguna vez leí un artículo que decía que los diarios personales pueden ser peligrosos para los escritores. Durante esas tres horas diarias (que a veces son más) también he venido trabajando en dos cuentos que estoy escribiendo hace mucho. Son historias adelantadas que no quiero abandonar. Me digo que por lo menos debo terminarlas. Entonces tengo que obligarme a avanzar, a escribir un final. Además, ¿cómo no escribir siempre la misma historia? Me hace falta un taller de escritura donde agarre disciplina y tenga opiniones diversas. Eso, y el monólogo que estoy montando para actuar. Sigo aprendiéndome el monólogo. He cuadrado un ensayo para el día jueves. Entonces dedico el tiempo a estos proyectos personales de los que no sé qué beneficio económico podré obtener. O tal vez obtengo otro tipo de beneficios, de otra índole. Y después veré los frutos. Eso quiero creer.