Malos hábitos (aunque llore)

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Y sí que tengo tiempo para escribir. Pero digo que no, me excuso. Paso mucho tiempo en estos diarios, a los que no les encuentro más propósito que la liberación de las sensaciones cotidianas, sobre todo la paranoia, la angustia y el malestar. Pero ayer le he dicho a la esposa de mi profesor de escritura que no me queda tiempo, que escribo historias, pero que las dejo por la mitad, cuando la realidad es que durante el tiempo libre no logro concentrarme en cosas productivas. Ayer, por ejemplo, me la he pasado en busca de hombres, alguno con quien acostarme. Si no estoy con el humor indicado, entonces no me doy a la ficción tan fácilmente.

Y luego siento que no debo perder el tiempo en esas redes. Pero la desazón (aunque no sé bien cómo llamarlo) fue fuerte ayer. Un único día libre, entonces siento que debo aprovecharlo. La necesidad de llenar el vacío, la soledad. Llenarlo con sexo.

Ayer he perdido largamente el tiempo chateando con el chico este que conocí hace un tiempo y que en realidad no me gusta; le hablé el domingo, y él responde cada tanto, y hemos quedado para el otro fin de semana. Pero ni ganas. Porque lo que quería era deshacerme de la excitación fácil, de la soledad del domingo; por eso le hablé. Pero no sé si quiero concretar. A otro le he escrito. “Qué ganas de fumar un porrito”. No contestó. Continue reading “Malos hábitos (aunque llore)”

Las casi últimas del año (¡ay, ay, se acaba el año -otra vez-, ay!) (o Un orgullo para mamá)

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Amar la mañana, preparar el café, olerlo, tomarlo. Y esta pequeña angustia cuando sospecho que el momento está por terminar, y entonces el día ha empezado, ahora sí.

El tipo de arriba corre cosas, o no sé bien qué mierda hace.  Si me agarra vestido, subo y le digo que es un fastidio que haga esos ruidos. Pero además, me intriga: ¿qué mierda hace?

Y esta musicalidad, este ritmo en las palabras al escribir, un ritmo que me quiero sacar de la cabeza, porque no puedo escribirlo todo igual, cada cosa que redacto, con la misma forma, quiero decir. En fin. Quiero terminar ese cuento, esa historia del mendigo y el tipo que le ofrece ayuda. Mientras, voy y vengo a estas líneas, las líneas siempre. Y mientras, espero que me responda mi amigo Dante, a ver si puedo ir  a su casa por un poco de porro.

*

¿A quién le hablo cuando publico algo en Instagram? Tengo ideas, ideas para postear, pero no quiero que los que me vean sean mis conocidos, los mismos a los que yo veo, una pequeña comunidad. Quiero una audiencia más grande, así puedo revelarme con más anonimato. Anonimato.

*

Sentir la presencia del dueño del departamento dando vueltas por el edificio me pone nervioso.

Ahora debo buscar un lugar donde vivir, porque lo que me he conseguido desde Macondo no me ha gustado. Empiezo a llamar. Hoy han empezado los taladros en alguno de los departamentos de abajo. El dueño los está “renovando”. Me ha dicho que es otro el propietario de esos dos departamentos, los dos de abajo, que el propietario no es él. No le creo. Supuestamente, entonces, sólo son suyos estos dos del piso donde yo estoy, y uno en el quinto, no lo sé. Los de abajo los administra él, pero nada más, no es dueño de esos. Eso ha dicho. Algo me dice que me miente. Los de abajo los están reparando, y hay obreros, y hoy han empezado con el taladro. También martillan. Es como un karma.

Este ambiente no es propicio (¡cuidado con lo que te decís!), así tan ocupado, siento que necesito un lugar tranquilo para vivir, siempre, porque mientras en este horario, durante el día, no esté trabajando, entonces necesito una especie de oficina, donde pueda escribir y leer, y buscar mis trabajos de manera tranquila, sin ruidos, sin gente que entre y salga, relajado. Macondo ahora debe estar así. Mi casa en Macondo. No significa eso que quiera volver. A propósito, mamá ha dicho que le han comentado que venderán el colegio de al lado de casa, el que tantas veces me fastidió. A Continue reading “Las casi últimas del año (¡ay, ay, se acaba el año -otra vez-, ay!) (o Un orgullo para mamá)”

Será mejor así (o Días de turbulencia)

Será mejor así, supongo. Cuántas noches, bailes solitarios, canciones cantadas al aire, en la soledad de mi habitación, sabiéndome (queriendo ser tal vez) deseable, imaginándome con amistades, como antes, como cuando era un adolescente aún, pero ahora en soledad, porque ya fui y ya vine, y es mejor así, me digo, que hay tiempo para todo, que es bueno quedarse con el deseo, aunque siempre me pregunte cómo no reprimir, cómo canalizar, guardar, atesorar más bien, esta energía, no fugar. O sostenerla quizá. Será retórica, no sé.

*

Ayer no escribí. En un momento quise obligarme, pero no. Me dio miedo que volviera la migraña. Y en la noche, el insomnio me atormentó un poco también, a pesar de las gotas. Después dormí profundo.

Mi deseo está ubicado en el paseo del fin de semana. Estoy esperanzado en eso, descansando en la posibilidad de unos días felices junto al mar. Se ve amenazado (miedo en la médula) por el paro de pilotos. Puto paro de pilotos Continue reading “Será mejor así (o Días de turbulencia)”

Pero que ‘good things come’

Hubo una época en la que dejé el café. Pero desde hace un buen tiempo he vuelto a él con furia. Amo esta sensación de escribir somnoliento, ya sea después de una noche de buen sueño o de una siesta de aquellas, y el olor del café, y el humo que sale de la taza, y empezar a tipear. ¡Ah!

A mamá se le parten los vasos y las tazas. Antes pensé que eran solo los míos, y que ella, inconscientemente, expresaba algo hacia mí. Ahora no descarto esa posibilidad, pero hoy, a las seis de la mañana, en mi cuarto, donde normalmente no se escucha nada que venga de la cocina, me despertó el estallido de algo que se había roto: un vaso contra el piso. Mamá dice que está retrocediendo en el proceso de duelo por la muerte de mi abuelo. Si bien tiene una tendencia a victimizarse y disfrutar del dolor, creo que también es cierto que, a ratos, está más compungida que días atrás. Me ha dicho que antes mi abuelo resolvía todo, que antes ella iba al supermercado todos los miércoles y compraba lo que se le antojase. Ahora va cualquier día, o sea que no hace una sola gran compra, y más bien lleva lo necesario. Le dije que yo suponía que ese ir y venir era parte del proceso. Se tiende a sublimar al muerto. Bastante incomodidad y dolor que le causaba tenerlo moribundo, soportar sus rabietas, Continue reading “Pero que ‘good things come’”

Imágenes de mi adicción

Imágenes de mi adicción. Miedo a que vuelva a ocurrir. Si con apenas unos momentos de displicencia, ya como más de la cuenta y me clavo un cuarto de pastilla para dormir. Yo que tiendo a ser culposo. Omnipotencia, mi terapeuta decía que mi culpa era omnipotencia, o la pretensión de ella.

La imagen de cuando un prostituto me robó el celular en Buenos Aires, en mi departamento, sin que yo me diera cuenta, me lleva a recordar que este año tuve que comprar dos, dos celulares nuevos: se me viene a la mente la imagen de cuando discutí con mi madre por teléfono, y reventé el aparato contra la pared, de la pura ira. Y después tuve que comprar otro cuando me dieron burundanga o quién sabe qué droga que me doblegó y me quitaron algunas pertenencias en mi departamento en Bogotá. Ni para qué pensarlo.

Imágenes de mi adicción

Recordaba también el día que Continue reading “Imágenes de mi adicción”

Actitudes (o Un acercamiento a las miserias)

h3He terminado dos cuentos nuevos. ¡Aleluya! Ahora debo corregirlos. Es la parte que menos disfruto. Si bien encuentro cierta dificultad (siempre) en el borrador, sentarse a corregir es lo aburrido del paseo. (“¡Deje de quejarse y escriba!”).

Mentí: le dije a mi amiga Adela que viajaría a la costa el fin de semana pasado. Pensé en ir, sí. Pero al final no porque el precio de los pasajes aumentó. Igual le dije que me iba: sé que el marido está de viaje, así que ella organizaría planes. Y no quiero salir ni gastar.

El fin de semana, cuando le anunciaba mi partida falsa, le dije que a mi regreso fuéramos a ver la obra de una amiga, una obra en la que trabajé como asistente hace Continue reading “Actitudes (o Un acercamiento a las miserias)”

Fantasía de Navidad (o Nochebuena mirando a Tadzio en la montaña)

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Una imagen de la película ‘Muerte en Venecia’, dirigida por Luchino Visconti y basada en la novela de Thomas Mann.

Mi primo propuso que pasáramos la noche del 24 de diciembre con unos amigos suyos, una familia que fue vecina de él en la costa hace varios años. De chico, después del colegio, todas las tardes, yo iba donde mi tía y mis primos. Mis primos y yo estudiábamos en el mismo colegio, así que yo almorzaba allí, en casa de ellos, y me quedaba toda la tarde hasta que mamá pasaba a buscarme. En las tardes jugábamos con los niños del conjunto. Entre esos estaban los hermanos Laisa, Daira y Denio. Denio, el menor, tendría apenas unos cinco años cuando lo dejé de ver. En esta temporada en que coincidimos con mi primo en Bogotá, yo había visto a Laisa y a Daira, porque ellos ahora viven acá también. Pero no había visto a Denio. Había dejado a un niño. Supuse que estaría en la celebración de Navidad, así que me causaba curiosidad ver al hombre de más de veinte ahora.

Odié el plan de mi primo: la casa de los padres de estos chicos queda pasando un pueblo en la montaña, un pueblo que se llama La Calera Continue reading “Fantasía de Navidad (o Nochebuena mirando a Tadzio en la montaña)”

Fumar marihuana (y hacerme la paja)

Lunes. Ocho de la mañana. Llaman por el citófono: es el portero. Dice que ha llamado la dueña del departamento, que la mujer no se pudo comunicar conmigo porque mi teléfono está apagado.  El asunto es así: desde siempre (desde hace un año y medio que voy a cumplir en esta ciudad inmunda), le pago una mensualidad a la dueña y en ese valor están incluidos los servicios. Así que ella paga la luz, el agua, el internet, etcétera. Pero quiere cambiar las condiciones, al parecer. Entonces me pide constantemente fotos de los recibos (antes supongo que los pasaba a buscar ella a la portería). Me habla y me pregunta si ya llegaron los recibos. Aparece todas las semanas con algo relacionado a… los recibos. Sí, quiere cambiar el trato: quiere que yo pague los servicios. Pero en lugar de decirlo explícitamente, arma una serie de situaciones incómodas. Y ya es la segunda vez que, si no logra conseguirme en el celular, llama a la portería. Esta vez me ha despertado un lunes a las ocho de la mañana.

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“Qué tal si me hubiera ido de fiesta anoche”, pienso. Quería aprovechar, porque no todos los domingos hay movida gay en Bogotá. Pero fui al supermercado y me quedé sin dinero. Preferí comprar comida a amanecer con resaca y sin un centavo. Dickinson, un amigo terapeuta porteño, que vive en Buenos Aires, me incentivó por mensaje de voz a que saliera a algún antro gay, que no importaba si me iba solo me dijo, que no podía seguir soportando la amargura de la soledad. “Te vas a volver sicótica”, sentenció. Así, Continue reading “Fumar marihuana (y hacerme la paja)”

Diciembre invita a la nostalgia

Las mañanas de diciembre invitan a la nostalgia. No sólo las mañanas. Todo diciembre. En las tardes, como no tengo nada qué hacer, todo me remite al tedio. Han parado un poco las lluvias. Hay más sol. Salir a la calle es ver a la gente revolucionada. Dicen que la ciudad se queda vacía después del 24. Bogotá. Aquí sigo.  El sábado, después de un mes y medio sin alcohol, volví a tomar. No caí tan al fondo: quise llamar a algún prostituto, pero no lo hice.

0cb5d342-d5a2-4f5c-920b-84e629388e91Ya antes he tenido fiestas en las que después debo estar varios días encerrado, con vergüenza. Con la valentía pasajera que da la cocaína, hablé, me revelé. Y lo hice a veces en un tono agresivo, como suele ser cuando uno consume esa sustancia. Y hoy, miércoles, todavía siento culpa. La senté a Áspora y le hice mil reproches sobre su “abandono”. Y le comenté a mi primo lo que quisiera hacer cuando mi abuelo muera y mi madre deba vender el apartamento que tendrá por herencia. Continue reading “Diciembre invita a la nostalgia”

Y hoy qué: mi jornada y la marihuana

Aquí sigo, narrando mis días. Es más fácil que la ficción:  escribir unas líneas, unos párrafos (con suerte) y describir mi vida. Como si me fueran dictadas, las palabras llegan a mí mientras estoy tratando de escribir un cuento: ¿Y hoy qué? ¿Ir otra vez a la biblioteca? ¿Buscar a mi amiga Katia, aunque no quiera verla, pero buscarla igual porque sé que me dará marihuana? ¿Quedarme aquí todo el día? ¿Para qué me despierto tan temprano si no tengo nada que hacer? En esta etapa de curación (me gusta llamarla así “etapa de curación”), quiero despertar temprano, hacer ejercicio, y tener el día por delante para hacer cosas… Cosas… ¿¡Pero qué cosas!? La hierba, cuando no está, parece una salvadora. Pero es mejor no tenerla tan a mano, porque al fumar uno se vuelve un ente y da pereza, da sueño, da hambre. Después de comer, uno quiere dormir, y ya. La hierba no deja que uno haga cosas productivas, que uno vaya, vuelva, porque uno quiere hacerlo todo drogado. Pero no se puede hacer todo drogado, porque apenas uno come, listo, ¡a la cama! No a todo el mundo, pero a mí me pasa así. Si tan solo la puediera dosificar. Si tan solo me pudiera contener. Fumar poco y seguir con mis actividades. Se me ocurre que tal vez quede algún resquicio en la pipa: me aventuraré, fumaré un poco de ahí, de esas sobras imposibles, grasosas.

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