Sigo

Young man cocaine addicted

La hermana del marido de Adela cumplía quince años el martes pasado. Fuimos a saludarla, Adela me pidió que la acompañara a la casa de su suegra. Ahí nos brindaron un poco de vino. Yo no quería: intento hacer dieta. Pero acepté uno. Después, otro. Y así… La cuñada de mi amiga Adela se fue con sus amiguitas a un restaurant. Y Adela estaba con su hija, así que después de comer, se fue a su casa. Me quedé solo con la suegra de Adela, quien me ofreció un poco de coca. Esnifamos juntos un rato. Bebimos un poco de champagne. A eso de las 12 de la noche ya estaba de regreso a casa. El marido de Adela es abstemio porque tiene problemas con las adicciones. Y yo, a veces, le pido cocaína a su madre. Continue reading “Sigo”

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Insultos necesarios (y odios recalcitrantes)

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Ya van tres veces en las que por diferentes motivos, cuando planeamos un encuentro con E, se trunca. El sábado pasado le cancelé yo. El jueves veníamos hablando y él desapareció, no contestó más. Y hoy… no lo sé: habíamos acordado vernos. Cuando le escribí, no le llegó el mensaje. Me despaché histérico. Le pedí que no me buscara más, que lo que hacíamos no era sano y que él nunca daba la cara cuando no podía verme, le dije que le faltaban pantalones. Le escribí que él y yo nunca tuvimos buen sexo, lo cual es cierto. Y como a sus 35 años todavía vive con sus padres, le dije: “Andá a prepararle la cena a mamá, no vaya a ser que te regañe”. Y lo bloqueé. No sé si le llegaron esos mensajes. Luego me sentí mal por darle tanta cabida al ego. Lo insulté. ¿Era necesario? Tal vez inconscientemente sabía que sólo de esta manera podía poner un punto final a esos encuentros llenos de cocaína y sexo con varios hombres. Continue reading “Insultos necesarios (y odios recalcitrantes)”

Medio borracho (Sábado de tranquilidad a la fuerza)

Medio borracho. Solo, en casa. Después de que he hecho un voto de no sexo reviente, entonces tengo ganas de salir, de irme por ahí y levantar, conocer gente. Pero no tengo dinero. No tengo un peso. Es sábado en la noche y tengo menos de diez dólares.  No me alcanza para nada. No tengo ganas de salir sin presupuesto, a mendigar un trago o un poco de droga.

b8102110d12734b3d21aa9731d425261 Continue reading “Medio borracho (Sábado de tranquilidad a la fuerza)”

Un final para mis historias

A veces me pregunto si me he precipitado al dedicarme a la ficción antes de haber conocido suficientemente la realidad. Eso dicen a veces periodistas o escritores que vienen del periodismo: que uno debe dedicarse primero a conocer la vida. Recuerdo que antes podía terminar las historias. Ahora, en cambio, escribir un párrafo es todo un mérito. Me gana la pereza al corregir. Cuando uno escribe, le enseñan que hay que corregir y corregir. A veces me da miedo romper la vergüenza de leer lo que escribo. O tal vez sea simple  falta de disciplina. A veces pienso que lo poco bueno que he hecho ha sido obra de inspiración pasajera, chispazos. Pero bueno, por otro lado, aconsejan trabajar sin parar: es decir, escribir sin parar. Y a eso estoy dedicado últimamente. Todos los días, de lunes a viernes , estoy dedicándome mínimo tres horas (a veces más) a sentarme frente al computador. Por supuesto, el Internet es un peligro importante. Pero bueno, como toda herramienta, puede ser usada a favor o en contra. Así que durante esas tres horas trabajo en sacar algún post para este blog. Este blog me ayuda a combatir el hábito de escribir solamente para el diario (hace muchos años llevo uno). Alguna vez leí un artículo que decía que los diarios personales pueden ser peligrosos para los escritores. Durante esas tres horas diarias (que a veces son más) también he venido trabajando en dos cuentos que estoy escribiendo hace mucho. Son historias adelantadas que no quiero abandonar. Me digo que por lo menos debo terminarlas. Entonces tengo que obligarme a avanzar, a escribir un final. Además, ¿cómo no escribir siempre la misma historia? Me hace falta un taller de escritura donde agarre disciplina y tenga opiniones diversas. Eso, y el monólogo que estoy montando para actuar. Sigo aprendiéndome el monólogo. He cuadrado un ensayo para el día jueves. Entonces dedico el tiempo a estos proyectos personales de los que no sé qué beneficio económico podré obtener. O tal vez obtengo otro tipo de beneficios, de otra índole. Y después veré los frutos. Eso quiero creer.

Despierto, veo llamadas perdidas de mi madre (o ¿Para qué hago lo que hago?)

Carl Heinrich Bloch - (21)Despierto, veo llamadas perdidas de mi madre, la llamo, me dice que no sabe cómo pagaremos el alquiler mañana, que piensa en pedirle prestado a una tía de nuevo. Intento no preocuparme. No dejo de sentir que soy un vago. Mamá tiene fibromialgia y yo creo que en gran parte es por mí, porque todavía me mantiene y ya no sabe de dónde sacar dinero para pagar la renta del apartamento en el que vivo tan bien.

Agarro el texto del monólogo que me aprendo sin saber dónde presentaré. Pienso en que no tengo plata para comprar un vestuario. Puedo ensayar sin vestuario, sí. También necesito dinero para la sala de ensayo. Me da vergüenza pedírselo a mi padre: me ha bajado la cuota enormemente. Por su actitud me da la impresión de que no quiere darme más dinero. Ya tengo treinta años. Mi madre dice que mi padre debe explicarle a su mujer todo lo que gasta, que tienen una sociedad, y por eso él no puede ser generoso conmigo, como lo es con sus otros hijos. Ellos fueron después de mí, después de mi madre. Pero con ellos hizo familia. Así que a ellos les ha correspondido todo. Continue reading “Despierto, veo llamadas perdidas de mi madre (o ¿Para qué hago lo que hago?)”

Dejando el sexo reviente

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Venía hablando con E desde hace varios días. Y habíamos acordado que el sábado nos veríamos. Incluso el sábado durante el almuerzo le mandé mensajes y le dije que estaba muy caliente, que quería sexo.

El viernes fui a un bar con un primo y unas amistades, vimos un partido de fútbol en el que jugaba el equipo de Argentina. Tomé whisky. El sábado al mediodía fui a almorzar donde una prima de mamá. Comí en exceso. No me he cortado el pelo. Estaba cansado. Percibía esa ansiedad de la resaca, esa que a veces no me deja dormir. Me noté incluso deshidratado.  La barriga y la forma que ha tomado mi cuerpo ha hecho que mi autoestima disminuya. Después del almuerzo, me vine a mi casa y fumé marihuana (como siempre). Sí, ando con la necesidad de un cuerpo masculino que me abrace, pero no es sexo reviente lo que necesito. Le había dicho a E que quería ir a una discoteca y buscar hombres ahí. En realidad, mi fantasía es buscar un hombre lo más masculino posible, que diga ser heterosexual, y ofrecerle dinero a cambio de sexo. Quería que E me financiara una fiesta y yo terminar con otro. Con E nunca tuve buen sexo.

E me dijo que empezáramos solos en casa y que luego veíamos si salíamos. Es decir, no me confirmó el paseo. Me había pedido que comprara una botella de ron, así que debía gastar dinero. El plan con él consiste siempre en sentarse a beber y esnifar cocaína. Cuando estamos muy calientes, nos tocamos entre nosotros y luego llamamos a algún scort, o a varios. Y nos quedamos hasta el otro día cogiendo y drogándonos en mi casa.  Continue reading “Dejando el sexo reviente”

El artista y el ejecutivo

transmilenio-bus-rojo-fb-pasajerosVoy saliendo de la casa de mi amiga Adela. Le escribo un mensaje a una prima que vive en Melbourne. Le digo que me siento un ‘loser’. Quiero enumerar las cosas que me hacen sentir mal sobre mí mismo. Se me olvida un poco toda la espiritualidad que he venido practicando, los mantras que repito. Salgo agobiado de la casa de mi amiga Adela, porque su hija de nueve años me ha molestado lo más que ha podido la muy insoportable. Salgo, y veo en el espejo del ascensor mi barba de varios días, mucho más larga de lo normal, desprolija, veo mi chaqueta vieja, muy vieja, con algunos hilos salidos ya, veo mis zapatos descoloridos. Me palpo y confirmo que mi barriga crece, la grasa en mis pechos, todo. Estoy lleno de mierda. Me he vuelto más y más gordo. No hago ejercicio, así que no hay esa sensación de bienestar, esa euforia sana, esas endorfinas que liberaba cuando corría en Buenos Aires. Camino a tomar ese sistema de transporte público tan miserable y tan en mal estado, Transmilenio. Viajar allí me provoca siempre un poco de tristeza.

Voy caminando, ya le he enviado el primer mensaje de voz a mi prima contándole mi sensación. Paro en una esquina para escribirle algo más, y escucho la voz inconfundible de un excompañero de la universidad. “¡Primero lo confundí con un habitante del Bronx, pero después me di cuenta de que era usted!”, bromea. Sonrío nervioso. Noto su gordura. ¡Han pasado ocho años sin verlo! Continue reading “El artista y el ejecutivo”