El periodista que vino a casa

Vienen de un canal de deportes a hacerme una entrevista para que hable de mi amiga Adela: le hicieron un reportaje y quieren escuchar qué dicen sus amigos. Vienen a mi casa, un periodista y un camarógrafo, me hacen preguntas, me graban. Yo encuentro en el periodista esa serenidad, esa seriedad que enamora. En su trabajo, cubre más que todo deportes. Tiene una barba de pocos días, luce tranquilo. Y yo encuentro mi amabilidad, mi carisma, despreciable. Él, tan hombre. Son todas suposiciones basadas quién sabe en qué miedo, en el miedo a lo masculino tal vez, por la ausencia de mi padre. Estoy al frente de él, hablándole de mi vida, haciéndole también preguntas, algo me dice que es paisa (de la región antioqueña), yo me toco los ojos con frecuencia, intento decirle que estoy somnoliento, pero luego dudo: no debería notar que estaba durmiendo, no debería notar que no gano dinero, que no hago nada durante el día. Bueno, uno que otro proyecto tengo, pero  no soy un laburante, como él, alguien que se dedica a su oficio, al periodismo deportivo. Se va y hago toda la investigación: LinkedIn, Facebook, veo sus fotos con ropa de calle (sin esa corbata, sin ese saco, sin esos jeans): le gusta el fútbol, luce tierno.
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Regresando (o Día 16, o Cómo no caer en la tentación)

Ahora estoy en Bogotá. Visité la costa el fin de semana. Ayer hablé con E. Yo estaba en el aeropuerto, esperando abordar el avión, y él me habló. Me dijo que hiciéramos algo el fin de semana. La tentación toca la puerta. Le dije que viene un primo de visita, que saldremos el sábado, así que tal vez él y yo podríamos vernos el domingo. Ya había pensado en oler (drogarme) un poco el fin de semana, porque espero ver también a mi amiga Áspora. La veré antes de ver a mi primo y saldremos todos juntos luego. Le pregunté a E qué quiere hacer. “Lo que tú digas”, respondió. Pienso que a lo mejor podemos salir de fiesta. Quiero salir y conseguir un heterosexual con el cual tener sexo. Ofrecerle dinero y verlo “convertirse” por plata. Lo único que me une con E es la droga y el sexo: entonces seguir viéndolo es acercarme a eso.

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A punto

gay1Miércoles. Visito a mi amiga Adela. Es actriz, como yo. Pero ella es famosa, reconocida. Ha protagonizado películas, telenovelas. Pero en esta temporada se le ha complicado conseguir trabajo. Tiene una vida lujosa que por ahora le costea el marido. La visito, y como siempre, tomamos vino. En medio del tedio de la tarde y ya un poco mareado por el licor, lo llamo a E (el chico que conocí hace unos meses y con el que me encierro a drogarme y tener sexo). Por fortuna me dice que no puede verme, que tiene actividades al día siguiente y que tendrá más dinero la otra semana, así que mejor vernos después. Yo agradezco que me haya dicho que no. Sabía que esa sería su respuesta: estaba tentando al destino (¿a Dios?). Ese mismo día, llego a casa y lloro desconsolado. Me digo que estoy harto de ser un mantenido: no se acredita un giro de dinero con el que debo comprar un tiquete para viajar a la costa y ver a unas tías que han venido desde Estados Unidos a ver a mi abuelo, que tiene 95 años y sospechamos puede morir en cualquier momento. Yo no tengo los centavos necesarios para comprar el pasaje. Continue reading “A punto”

Buen cuidador (o Día 7)

La culpa llega porque ya he tenido campanazos de alerta que indican que debo cuidarme, que debo cuidar mi salud. Campanazos de alerta es un eufemismo para enfermedades de transmisión sexual. Estoy profundamente convencido de que es una lección de vida. Dicen que cuando uno quiere preguntar (a Dios, a la Vida, o simplemente cuando quiere saber la respuesta de algo), es importante escuchar cada cosa que ocurre como una posible respuesta. Eso y no buscar una racionalización de la respuesta, si no habitar la pregunta. Pues bien, yo he llegado a la conclusión de que aprender a cuidarme a mí mismo. A ser un buen cuidador para mí.

En clase de acrobacia, en la escuela de arte dramático, un día el profesor dijo que era muy difícil cuidarme, que necesitaba un buen cuidador. Ese cuidador para mi vida debo ser yo. Pero sigo autodestruyéndome. Sigo teniendo esta baja tolerancia al dolor, y entonces me emborracho y busco sexo, drogas.

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Bogotá no es Nueva York

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Bogotá no es Nueva York, Bogotá no es Buenos Aires. Moverse, salir, el peligro, la droga, la falta de dinero. Se me vienen palabras, pensamientos aislados sobre lo que me pasa al habitar esta ciudad.

El anhelo de un amor. El anhelo de actuar. Las horas de un sábado en Bogotá. Uno en el que no estoy afuera, buscando drogas. Aunque la tentación es fuerte. Me quedo encerrado, por mi bien.

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Día 5 (o Despierto cerca de la 1 y media de la tarde)

Despierto cerca de la una y media de la tarde. O a esa hora recién tomo la decisión de pararme. He llamado a mi madre antes, se ha quejado, le he pedido plata y me ha dicho que no sabe cómo viviremos el próximo mes, que no sabe cómo corremos con esta suerte. Vivo en un apartamento ubicado en un buen barrio. Y aunque siempre podría ser mejor y no es lo más pomposo, grande o refinado del universo, es verdad que está en una zona segura y nueva. El apartamento tiene una habitación, un baño, cocina, sala y comedor, y está amoblado. Mi mamá sufre y no puedo evitar sentir que soy la causa de ese sufrimiento.

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Día 1

Ahora estoy solo en casa, cocinando, me arrepiento a cada instante de lo que hice el fin de semana. Inicio esta serie de escritos porque creo que me pueden ayudar (¿que me puedo ayudar?). Sobre todo si los publico.

AdNo sé hasta qué punto contar, hasta qué punto pueda alguien escandalizarse. Ya tuve campanazos de alerta: ya estuve enfermo antes por andar teniendo sexo con desconocidos. Hepatitis B, gonorrea. La vorágine empezó hace mucho. Tuve épocas de resguardo, épocas en las que he creído que permanecería tanquilo. Pero vuelvo a caer.

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