Las casi últimas del año (¡ay, ay, se acaba el año -otra vez-, ay!) (o Un orgullo para mamá)

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Amar la mañana, preparar el café, olerlo, tomarlo. Y esta pequeña angustia cuando sospecho que el momento está por terminar, y entonces el día ha empezado, ahora sí.

El tipo de arriba corre cosas, o no sé bien qué mierda hace.  Si me agarra vestido, subo y le digo que es un fastidio que haga esos ruidos. Pero además, me intriga: ¿qué mierda hace?

Y esta musicalidad, este ritmo en las palabras al escribir, un ritmo que me quiero sacar de la cabeza, porque no puedo escribirlo todo igual, cada cosa que redacto, con la misma forma, quiero decir. En fin. Quiero terminar ese cuento, esa historia del mendigo y el tipo que le ofrece ayuda. Mientras, voy y vengo a estas líneas, las líneas siempre. Y mientras, espero que me responda mi amigo Dante, a ver si puedo ir  a su casa por un poco de porro.

*

¿A quién le hablo cuando publico algo en Instagram? Tengo ideas, ideas para postear, pero no quiero que los que me vean sean mis conocidos, los mismos a los que yo veo, una pequeña comunidad. Quiero una audiencia más grande, así puedo revelarme con más anonimato. Anonimato.

*

Sentir la presencia del dueño del departamento dando vueltas por el edificio me pone nervioso.

Ahora debo buscar un lugar donde vivir, porque lo que me he conseguido desde Macondo no me ha gustado. Empiezo a llamar. Hoy han empezado los taladros en alguno de los departamentos de abajo. El dueño los está “renovando”. Me ha dicho que es otro el propietario de esos dos departamentos, los dos de abajo, que el propietario no es él. No le creo. Supuestamente, entonces, sólo son suyos estos dos del piso donde yo estoy, y uno en el quinto, no lo sé. Los de abajo los administra él, pero nada más, no es dueño de esos. Eso ha dicho. Algo me dice que me miente. Los de abajo los están reparando, y hay obreros, y hoy han empezado con el taladro. También martillan. Es como un karma.

Este ambiente no es propicio (¡cuidado con lo que te decís!), así tan ocupado, siento que necesito un lugar tranquilo para vivir, siempre, porque mientras en este horario, durante el día, no esté trabajando, entonces necesito una especie de oficina, donde pueda escribir y leer, y buscar mis trabajos de manera tranquila, sin ruidos, sin gente que entre y salga, relajado. Macondo ahora debe estar así. Mi casa en Macondo. No significa eso que quiera volver. A propósito, mamá ha dicho que le han comentado que venderán el colegio de al lado de casa, el que tantas veces me fastidió. Aunque no creo que sea  pronto. De todas maneras, no quiero volver a Macondo. Pero es seguro que allí, los días (exceptuando la Navidad y el año nuevo) deben estar hechos un remanso de paz. En mi cuarto debe habitar ese silencio que se mezcla con la brisa, y la brisa que arrulla y que asusta.

Y entonces me siento en el baño de mi monoambiente a fumar marihuana, me siento con mi taza de café en la mano, porque no quiero que, si el dueño pasa por aquí (aunque se supone que ya debe haber alquilado el departamento de al lado, que no debe entrar y salir como en otros momentos, pero uno nunca sabe), no quiero que el dueño pase y huela a marimba, como yo, que salía el 24 pasado y olí que el vecino estaba fumando, lo escuché toser, y qué envidia me dio, porque seguro eran flores, no como este porro paraguayo prensado que es nocivo, pero no importa, porque es regalado, y a caballo regalado…

*

Fantasías, fantasías sexuales.

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Y siempre, como ya es costumbre, la paranoia de que alguien, algún vecino, me escuche cuando hablo.

*

He sorteado estas fiestas mucho mejor que durante los años anteriores que vivía solo. Y eso es fabuloso. Me queda todavía una parte de las fiestas. Y la vida entera, claro. En todo caso y sin cantar victoria, es maravilloso poder mantenerme en casa sin locuras este año.

*

Empiezo a preocuparme. A preocuparme en serio. Además, coincide esto con los días marihuaneros. El lunes será el último día que fume. El primero de enero. Y a partir del dos, algo debo hacer. Me preocupa que no me llaman a entrevistas. Las opciones son nulas por ahora. Es normal. Pero mamá empieza a decirme que no hay dinero, empieza a decirme cosas dramáticas, y yo debo hacer algo, sí, debo hacer algo. He pensado incluso en prostituirme. Pero no me da el coraje. ¿Qué voy a hacer? Tal vez dejé pasar oportunidades. Y ahora no sé si me arrepiento. Puede ser. Debí hacerlo, debí haber ido a esos hoteles y entregar mi CV. Necesito trabajo urgente ahora.

*

En una fantasía. Así vivo. O eso pienso ahora que me he fumado unas pitadas. En que veo la vida a través de este ordenador y de las ideas. Y en que siempre vuelvo a este punto, a la creación solitaria, como si esto me fuese impuesto. Son momentos, supongo. ¿Se nos impone la vida? ¿Se nos ha impuesto la vida?

¿Cómo no ser un fracasado? ¿Cómo no tener la actitud del fracaso, si sientes que hace rato no ganas algo?

Oigo el sonido del huésped del departamento de al lado, oigo que llega, oigo el ascensor, oigo que abre la cerradura de su puerta, oigo que entra, golpea al cerrar, y puedo imaginar hacia dónde se dirige, hacia donde se mueve, porque conozco ese departamento de al lado muy bien, porque estuve allí un mes.

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Sábado. Falta un día para que termine 2017. No sé si asistiré esta noche a la reunión que he acordado en un bar de amigos en San Telmo. La idea fue mía. Pero ahora no sé si debo gastar dinero.

Abro la ventana y lo veo ahí, en el piso, al señor tirado, durmiendo en un colchón, en la esquina. Es su casa. Estoy escribiendo un cuento al respecto. Me choca la diferencia de clases así tan de golpe, tan cercana. ¿Cómo es posible que en un buen barrio, como este, permitan que un señor tome una esquina y se tire a dormir así? Pero qué van a hacer, me respondo después. No sé. En Bogotá ya lo hubieran echado. Y no es que quiera que lo echen, aunque me fastidie. ¿En qué sociedad vivimos que hay gente así, tirada en la calle, durmiendo? Ayer había un borrachín, un viejo, en la esquina de una de las avenidas cerca de casa. Hay gente durmiendo por todo lado. No hablo de reprimir, debo aclarar. Hablo de que algo está muy podrido si las diferencias son así de evidentes, de alevosas. Algo no sólo huele mal, sino que aparece ya, en las calles, frente a nosotros, y lo dejamos así, como si nada. Es un clamor idealista el mío, tal vez. Si el Estado funcionara. Si el hombre estuviera a favor del hombre, me decía el otro día. Tampoco quiero que seamos Cuba, no, eso tampoco les resultó, seamos honestos. La palabra del día: idealismo.

Además, pienso en mamá, en que no debo gastarme los pesos que me envía, en tomar cerveza y comer hamburguesas con amigos, los últimos y únicos pesos de mamá. Así sea fin de año. Aunque capaz mi viejo me da algo de dinero. Tal vez, sí. Apareció el otro día. Me habló vía Facebook, porque todavía él no tenía mi número de celular. Fue de noche, como a las 11. Yo esperé al día siguiente, y le hablé al celular. Me ha dicho que está preocupado por mí, que debo conseguir un trabajo estable. Le he dicho que lo sé, que estoy dedicado a encontrarlo, pero que no ha sucedido. (¿Tendré las expectativas muy altas?).

No dormí tantas horas como pensé que dormiría. Es un día hermoso de verano en Buenos Aires. Y me han dado ganas de hacerme mi café, prepararme un porro, y sentarme a escribir. Es bueno terminar el año así, con estas actividades, que tanto placer me dan, y con esta combinación que encuentro tan especial, el porro y el café.

A pesar de la marihuana, y tal vez incluso por ella, he estado dedicado a esas dos obras de teatro que quiero terminar de escribir antes de que termine enero. Una comedia, para el microteatro. Y el texto del proyecto en el que venimos trabajando con Raira desde que estaba yo en Macondo (desde antes, incluso, desde 2015 antes de que yo viajara a la Inmunda -llamaré así a Bogotá de ahora en adelante: la Inmunda), y que ejecutaremos con Dante (Dios mediante) el año que viene, 2018.

Eso me gusta, me gusta escribir teatro. Me pregunto qué haré ahora que se me termine la marihuana. Porque si bien me genera un clima propicio para escribir, es perjudicial en muchos otros aspectos; el principal, la pereza. Y no hago ejercicio y como mucho. Y ya siento el estómago lleno de pedos a causa de los dos paquetes de galletas grasosas que me he comido ayer.

Me gusta sentir que trabajo, que es temprano, y que investigo y escribo, y que me traigo cosas entre mano, como esa obra con Raira y Dante. Me gusta sentir que ocupo mi tiempo en algo tan valioso como investigar para hacer arte. Si tan solo tuviera el dinero para dedicarme libre a eso…

Tal vez (repito) papá me dé algo de dinero por el cumpleaños. Le he dicho que conservo la misma cuenta que usaba allá, en Colombia, y él me ha dicho: “importante saberlo, hijo”. ¡Vaya que si es importante, papá! A veces, me llega el hedor del fracaso. Sobre todo cuando veo al tipo ahí tirado en la calle, mi temor más absurdo se dispara: vivir así, la penuria.

Quiero pensar que los embates económicos pasarán, y que dentro de un tiempo mamá y yo no sufriremos más por deudas. Y que, en algún momento, quién sabe cuándo, en algún momento, publicaré, y seré un orgullo para mamá. Y así, entonces, me adentro en el peligroso mundo de la ensoñación, de la fantasía.

*

Durante muchos diciembres, o varios… durante algunos diciembres de mi niñez y de mi pubertad, incluso en mi adolescencia, me iba durante esta época, el fin de año, a los Estados Unidos. Me iba con la tía madre de los primos que quisieron robar la herencia que el abuelo le dejó a mamá. Lo de la herencia fue después, hace poco. El caso es que viajaba yo a los Estados Unidos con cierta frecuencia, con esa tía, que visitaba a su ex marido, padre de los dos hijos hampones, con quienes nunca me sentí cómodo, pero con quienes pasé muchas horas en mi proceso de crecimiento. Ellos, mis primos, fueron el único referente masculino que tuve durante años. Y la pasaba mal, sentía que escondía cosas todo el tiempo… el odio se fue gestando de a poco, y aunque me gustaría, no sé si podré describir tan fácilmente el porqué de esa sensación. Puro conflicto, sí, drama familiar. Un dramón de aquellos. Mamá y yo, los arrimados en la casa de la tía. Así me lo dijo una vecina una vez. Pero ya lo sentía yo, de antes. No sé por qué escarbo en estos recuerdos ahora. Tal vez sea necesario. Tal vez a veces la escritura sane. Y a lo mejor quiera escribir ahora sobre eso porque sé que ellos, mi tía y su combo han viajado a los Estados Unidos. Viajaron el año pasado también. Ahora uno de los primos vive allá. El otro primo se quedó en Colombia, y tiene dos hijos ya adolescentes. Y se creen de clase alta. Sí, se creen ricos, aunque su educación (en todos los sentidos) diste mucho de las costumbres y pensamientos aristocráticos. Son, desde luego, misóginos, homófobos, racistas y clasistas. Pero de educación y costumbres, de gustos elevados, más bien poco.

Creo que pierdo el rumbo de estas líneas, porque que no puedo explicar bien por qué los detesto. O no sé, mejor, si quiero manosear esos recuerdos ahora. El maltrato, sí, ha sido maltrato, energías oscuras. ¿Cómo no tomármelo a personal?

*

Escribo, escribo, escribo. Sin parar. Escribo sobre mí, sobre lo que me pasa. Me pregunto si estaré gastando demasiada energía en escribir sobre mí, si no debo dedicar este tiempo y más líneas a la ficción. La duda eterna. Pero necesito este espacio, necesito desahogarme y poner en palabras todo esto.

No debí decir eso de que este oficio es inservible. No lo es. O mejor dicho, he sido tramposo al decir eso, de esa manera, porque por otro lado tengo una concepción romántica e idealista del arte. Tal vez me lo he dicho para compensar. Porque si hay algo necesario en nosotros, en los seres humanos, es la cultura y el arte. Supongo que es un pesar que me cueste tanto hacerme una vida de ello. No sé si me he esmerado lo suficiente. No sé nada. O sólo sé, mejor dicho, que debo seguir luchando, intentando. Aunque el miedo parezca devorarme.

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Author: Anónimo Temporal

Empezaré por un diario de mi propósito de recuperarme de la adicción a ciertas sustancais y al sexo. Contaré historias sobre mi vida. Si toda narrativa es ficción, esta es, entonces, la ficción de mis días, la ficción de mi vida.

9 thoughts on “Las casi últimas del año (¡ay, ay, se acaba el año -otra vez-, ay!) (o Un orgullo para mamá)”

      1. Besotes, abrazos y mucho cariño, eres mi anonimo favorito. Has leido a Beltont Bresht aleman y comunista, anarquista… es teatrista dialectico y poeta? No escribo bien el nombre. Te deseo lo mejor.

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      2. Que bello gesto, se que es sincero. Y te tengo cariño anonimo ardiente, un dia encontraras amor y yo leere tus mas hermosas letras. Abrazos y que 2018 te vaya mejor, con menos porro y sexo de calidad.

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  1. Cuidate! El tema del dinero tambien a veces me agobia un poco…pero que sería de la vida sin estas cosillas ,que además inspiran tanto para escribir 😉 Un abrazo fuerte y mucha suerte en el año que empieza! Lo de dejar la maría, parece un buen propósito y además te ahorras un dinerillo 😉

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