Oye, morenita

Que suerte que saqué lo del robo del primo en el cuento ese que estoy escribiendo y que con suerte me publicarán en una revisitita. Hoy desperté y estaba la tía aquí en casa, la madre del primo ladrón. El primo robó una herencia que le correspondía a mamá. Y ahora la tía dice que va a pagar. La historia es larga, y no quiero hablar mucho del tema. La quiero a esa tía, sí, por eso la saludé cariñoso. Ella se quedó un rato (un rato corto) y hablamos un poco. Me quiere, se le nota. Pero tiene metida incluso en su alma esta cultura tan de mierda, tan cerrada, tan opresora (y oprimida a su vez), esta cultura decadente del caribe colombiano.

*

Ayer tuve un encontronazo con mamá. Le hablaba yo del apuro, porque ella vive acelerada, le decía que del apuro no queda si no el cansancio, le decía que el destino al final es el mismo, que todos terminamos como el abuelo, cuatro metros bajo tierra. Ella enseguida puso una de sus caras de preocupación y dijo “pero tu abuelo producía”. No sé qué le respondí, pero se lo dije enojado. Ella se paró de la mesa del comedor de la cocina, donde veníamos hablando lo más de lindo hasta ese momento. Me fui al baño. Meaba y acumulaba bronca. Cuando salí, le exigí casi a los gritos: “¡No me digas más que no produzco y que no trabajo!”. Y me vine al cuarto, y tiré la puerta. Y ella se vino detrás de mí: “déjame entrar”, alcancé a entenderle. Pero no intentó más: sabía que era en vano, supongo.

Es que ya el otro día me había lanzado unas frases, frases con las que, sin saberlo, me rompe de a poco, me hunde. Me volvió a contar por tercera vez (¡sí, tercera!) que a los hijos de una modista a la que ella iba les ha ido muy bien en Chile, y que se la llevaron a su mamá (a la modista) para allá. Lo dice siempre con un aire de envidia, porque para ella lo de los otros siempre es mejor. Y mis logros llegan a cuenta gotas, de a poco, porque la actuación no es una carrera como la ingeniería o la medicina. Y las letras también vienen a paso lento. Pero seguro, mamá, le digo siempre, a paso lento, pero seguro. Me encierro entonces en mi cuarto, y me imagino pidiéndole perdón, disculpas por no ser el hijo que ella quiso tener. Sin victimizarme. Que piense lo que quiera. Pero que no me lo diga, porque me destruye, destruye mis sueños. Un día antes, le daba yo un sobo, ella estaba tirada en su cama, y hablábamos de los actores en general, y lanza: “¡Todos los actores mueren pobres!”. Ya con esas dos dagas (la de los hijos de la modista y la de los actores) tuve que venirme a mi cuarto y meditar, hacer todo un trabajo de recuperación, porque quedo apaleado después de que ella tira en mí su descreimiento, su desconfianza, así como así, tan libre. Y pretenda que yo lo entienda como una broma.  “Sí, sí, ja, ja, mamá”. Ella ve solo la superficie. Entonces ayer, después del altercado en el comedor, después de encerrarme, cuando escuché que ella había entrado a su cuarto, fui a la cocina, busqué en el botiquín las gotitas de clonazepam que dejó la abuela cuando murió, hace más de un año. Una, dos, tres, cuatro… ocho gotitas en uno o dos deditos de agua. Y ahí me dormí. Eran las cinco. Dormí hasta las doce. Aproveché y me tomé otras (muchas, muchas más) de cannabis. Esas las compré en Bogotá antes de venir. Intenté escribir un rato. Pero a los veinte minutos ya estaba somnoliento. Dormí hasta pasado el mediodía. Por fin, venía con insomnio.

Hoy mamá ha dicho que se irá a un asado en la noche. Yo hablaré con Áspora por Skype a ver si armamos algún negocio, alguna cosa que nos deje unos centavos.

Es sábado en la tarde. Y el silencio (por fin también, el silencio) no llega solo: combinado con el calor, y el resplandor caribeño, también percibo la sensación de tedio.

*

Domingo en la mañana. En un arrebato de alegría, mientras tomo el café bien cargado, he puesto en el equipo un disco de Escalona a todo volumen, para que mamá se anime mientras riega las plantas. Entonces ella canta, baila, sonríe. Se me ilumina el alma: recuerdo que a todo esto he venido al pueblo, a lo bueno y a lo no tan bueno, a compartir las miserias, pero también estos destellos de gozo con mi madre, que sigue aquí junto a mí, bailando y cantando: “como es estudiante ya se va Escalona, pero de recuerdo te deja un paseo, que te habla, de aquel inmenso amor, que llevo, dentro del corazón…”.

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Author: Anónimo Temporal

Empezaré por un diario de mi propósito de recuperarme, de dejar las drogas y el sexo. Contaré a manera de crónicas historias de mis amores, de los hombres de mi vida. Y hablaré, tal vez, de todo un poco, una especie de columna de opinión semanal.

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