Ya uno no sabe qué creer

A veces siento que se me agotan las palabras. O las ideas. Me cuesta escribir ficción. Bogotá tiene esa pereza, esa modorra absoluta en su clima nublado, gris, lluvioso, en su soledad. Siguen algunas molestias en los ojos. Y, aunque he hecho ejercicio, me dan culpa los dos días seguidos de comidas abundantes. Agradezco, sí. Hoy es domingo de pascua. El otro día hablaba por Skype con Raira, una amiga con la que estudié durante varios años en Buenos Aires. Me alarmó con su manera de ver la realidad. O con lo que se ve en la calle allá. Le consulté si lo que dicen los medios es así. Podría escribir sobre política, nacional e internacional, sobre la política de Argentina. No hace falta si no leer muchos diarios, muchos medios. Y eso lo hago siempre. Pero no. No quiero, me digo. Sigo con la ficción. Raira hizo hincapié en los despidos. Yo, en el tarifazo: ya hay un amigo que me dice que no llega a fin de mes. Me asombra cómo precarizan al trabajador, cómo tienen el apoyo de una derecha ignorante, y cómo pueden haber dicho que la mayoría se vería beneficiada. Algo les está saliendo mal, si ese era el objetivo, ya alguien les dijo. Otro amigo, en cambio, Sastel, defiende que repriman a los docentes que reclaman que el aumento de su sueldo esté por encima de la inflación, es decir, reclaman no caer en la pobreza. ¿Ignora Sastel que protestando se han conseguido beneficios de los que él goza y sin los cuales él sería incluso más miserable de lo que es ahora, en comparación con una persona que hace su mismo trabajo en un país del primer mundo? La gente con aspiraciones a tilingo. Ni siquiera los tilingos. Y los tilingos también, claro.

Pienso en escribir para medios de comunicación. Cuando uno escribe para medios, aparece el nombre de uno ahí enseguida, la firma, entonces uno acumula cosas para el portafolio, y uno siente que vale más eso que redactar y corregir durante meses textos, historias, que uno nunca sabe qué apreciación, qué recepción tendrán. En cambio, el periodismo envuelve en sus lógicas autobombo inmediato.

Sigo pensando en Argentina, en el mundo. Uno (yo) en Argentina es (soy) un extranjero. Hasta el Dni lo dice. Lo dice bien grande: EXTRANJERO. Por más años que haya estado uno allá, por mucho que uno haya contribuido, por mucho que ame esa tierra, por mucho que me duela, a veces creo que es cierto eso de que, si el país está mal, para qué llegar uno allá. O tal vez no hay que irse a buscar fortuna. Si no a armar empresa, a consumir, alquilar un departamento y dedicarse a escribir y aportar al consumo. O es así cómo yo lo entiendo. Pero no mamar nada del Estado. Después leo, leo y recuerdo, que los extranjeros son demonizados, cuando incluso los delincuentes extranjeros representan un mal menor, por lo menos en cuanto a estadísticas, el país no se viene abajo por los inmigrantes que viven en Capital Federal. Pero son un lindo chivo expiatorio para la gilada. Aun así, pienso que no me sentiría bien, siento cierta xenofobia ya. Y al mismo tiempo, eso, eso de considerarlo un país viniéndose abajo, en decadencia, pobre. Qué voy a hacer ahí. Si es el caso de migrar, por qué no irse a estudiar a un mejor lugar, a mejores universidades. Para eso necesito más dinero, y para eso necesito trabajar. Y cuando trabaje, y gane algo, entonces por fin podré ir a visitar a los míos allá, a esa ciudad, a esa tierra, y seré feliz, aunque sepa que no viviré ahí, o no por ahora, porque quién quita que al final de la historia, de mi historia, termine habitando un pisito propio en la Recoleta. Sí, un piso propio ahí. Vivir entre Buenos Aires, Nueva York, Rio de Janeiro, Barcelona y Londres. Quizá. Quizá no destruyen todo como parece que lo han de destruir. Y no me refiero solo al grupo político dominante en Argentina, me refiero al mundo, a todos: Trump, Siria, Corea del Norte, la May, Putin, Maduro, la corrupción en general, Temer, la que no es Temer, Oderbretch, ladrones de cuello blanco, Uribe, Merkel, el racismo, el petróleo, el (alabado seas dios) Mercado, los bancos, Wall Street, la compra y venta de armas, la iglesia católica, y todas las religiones, la prohibición de las drogas, la heroína, la cocaína y las adicciones, la psiquiatría, la publicidad (¡Dios, la publicidad!), la indiferencia, el FMI, las comunas en Medellín, Maluma, Ricky Martin y Shakira, las epidemias, las vacunas, las curas, la homofobia, los violadores y la pena de muerte, Guantánamo, El ISIS, Irak, la FIFA, Cristina, Macri, los peronistas, la derecha, los curas, la pedofilia, los Buitres, Vargas Lleras, los Castro, Justin Bieber, los youtubers, Hollywood, el vaciamiento cultural, los republicanos y los demócratas, los árabes, Las Vegas, El New York Times, los maisntream media, la Fox y la CNN, Betty la fea, y todos, absolutamente todos. Ya uno no sabe qué creer, en qué creer.

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Author: Anónimo Temporal

Empezaré por un diario de mi propósito de recuperarme, de dejar las drogas y el sexo. Contaré a manera de crónicas historias de mis amores, de los hombres de mi vida. Y hablaré, tal vez, de todo un poco, una especie de columna de opinión semanal.

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