Ay, cómo me quejo (o Por qué no te vas a la concha de tu madre, editor soberbio)

Ay, cómo me quejo. ¡Ay! El abuelo me decía que no dijera “ay”, me hacía sentir que era medio maricón eso. En una época, a mis 16, cuando mamá y yo nos pasamos a vivir con él y mi abuela (que se mudaban de Estados Unidos a Colombia), él me la montó con ese tema del “ay, ay”. Y es que mi abuela tuvo esa condición de queja constante, de drama infinito. Mi madre la heredó. Pero el abuelo lo decía seguro porque me salía el maricón cuando decía “ay, ay”.

Pues hoy me quejo, me quejo del frío, del no trabajo, me quejo. No hay que hacerlo, ya lo sé. A veces siento que este blog se ha convertido en un lugar donde sale la queja fácil. Y las letras fáciles también, el pensamiento sin mucho filtro. Envié dos cuentos a un editor de una revista y los ha rechazado. Ha sido motivo de ira, claro. Sobre todo por la soberbia con que ha contestado el tipo. Busqué y han sido miles los textos de autores rechazados. Y de últimas, autopublico y listo. Hago yo mismo un libro. Pero es un golpe este rechazo igual. Más que todo porque no tengo dinero para hablar con uno de mis maestros y corregir los nuevos cuentos acompañado de alguien de confianza. Los que envié al tipejo este han pasado por un proceso largo, y uno de ellos cuenta con la aprobación de uno de mis maestros.  He buscado y es, en serio, numeroso el caso de rechazos a historias y obras de autores que luego fueron y/o son gloriosos. No estoy diciendo que yo sea golorioso. Tampoco digo que no lo sea (más vale “saberse bueno”, me dijo mi amiga Áspora). Lo seguro es que no debe desanimarme el tema. Pronto hablaré con mi asesor, me digo. Ya lo haré. Ya tendré tiempo. Bah, ya tendré plata. Este año. Es uno de los objetivos. Y tener el material para el libro. El dinero para autopublicar… es otra cosa. Pero quién sabe. (Ay, ay) Me cuesta escribir ahora, no me suelto, siento que lo hago mal.

Querido editor soberbio: usted y su devolución y su intención de que yo me explicara o le respondiera algo pueden irse bien a la re concha de su re putísima madre. Listo, lo dije. Pero con él me hice el caballero. Sí. Muchas gracias, muchas gracias. Y de verdad que estoy agradecido. Pero no le respondí nada a sus comentarios. Gracias por tus apreciaciones y por tu tiempo. Y listo. No me voy a poner a justificar las historias que escribo, como si fuera un examen en una facultad. No me voy a poner a discutir interpretaciones con cada uno. Y lo mejor, no me voy a poner a hablar del método en que los he creado. No con él. Y no porque no tenga cosas para decir o no me parezca que se pueda generar conocimiento a partir del debate y de la tertulia. Si no porque si me vienes con esa soberbia, me violentas. Le he dado las gracias y él ha respondido de vuelta. ¡Pero qué montón de material me estás dando! No quiero escribir lo que ha dicho. Pero lo curioso es que asume que yo he seguido una forma de escritura, un método digamos, que no he seguido. Y ese verlo tan seguro de lo que asume también me violenta. Pero no se lo digo. Y eso me gusta. No propiciar discusión. Tomo lo que dices, y listo. Me voy y discuto con un maestro. Si vos quisieras ser maestro no tendrías tanta soberbia (puto). Me calmo: lo he dejado en tinieblas, pienso. Si tiene razón o no, la Historia lo dirá.

El abuelo está enfermo. Mamá ha descubierto que alguien de la familia le ha hecho un fraude al abuelo. Un verdadero quilombo (un qui-lom-bo). Y en Bogotá hace frío (ay). Y me estoy mensajeando (todavía sutil la cosa) con E. Pero ya me puso que cuándo nos veíamos (o séase cuándo nos juntamos a tomar merca y a que le chupe la pija). Yo no quiero, no caigo. El tema es controlarme cuando esté tomado. Y en Bogotá está oscuro. Amanece soleado, pero después del mediodía parece que una tormenta se fuera a llevar todo. Tal vez más tarde caiga un aguacero. Como ayer. Por ahora no. Sólo llovizna. Y está oscuro. Me abrigo, me pongo dos sweaters. Tomo café. Voy a pedir un arroz con pollo. Y a seguir escribiendo.

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Author: Anónimo Temporal

Empezaré por un diario de mi propósito de recuperarme, de dejar las drogas y el sexo. Contaré a manera de crónicas historias de mis amores, de los hombres de mi vida. Y hablaré, tal vez, de todo un poco, una especie de columna de opinión semanal.

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